Resumen
En este ensayo se diserta sobre la pertinencia de emplear categorías propias del análisis de la conducta desarrolladas en los últimos años para examinar fenómenos culturales. El objeto de análisis interpretativo elegido en este caso es el comportamiento del intelectual posmoderno. Para ello, primero se revisan las definiciones de las categorías mencionadas bajo el rubro de contingencias culturales (contingencias entrelazadas, metacontingencias, culturants, macrocontingencias, cultural cusp), y se desarrolla una apreciación del contexto moderno y posmoderno en cuanto a sus tipos de intelectualidad. A manera de ilustración, se toma un desarrollo particular del pensamiento posmoderno —la ideología queer— para someterlo al análisis conductual cultural en términos de las categorías propuestas por aquel. Se concluye que dichas categorías hacen posible caracterizar los lineamientos principales de cualquier episodio sociocomportamental, en tanto especifican antecedentes (estímulos discriminativos) y consecuencias que lo sitúan concretamente. Para el caso analizado, los discursos que deslegitiman la modernidad como discurso auténtico e implantan la crítica y la autocrítica como factores definitorios de cualquier pensar, aportan estímulos discriminativos para la aparición de tesis posmodernas, y la recepción a nivel de sus consumidores las consolidan.
Palabras clave
INTRODUCCIÓN
Se ha dicho que el análisis de la conducta requiere salir del laboratorio para afrontar multidimensionalmente los grandes desafíos de la resolución de problemas sociales y ecológicos (Mattaini, 2019), así como desarrollar políticas públicas efectivas para la comunidad (Anderson-Carpenter et al., 2023); y para ello la disciplina debe contar con el auxilio no solo de categorías analíticas que reflejen ese nivel de selección del comportamiento humano, sino de una forma de abordaje que exceda la acostumbrada rigidez de los planteamientos basados en ciencias naturales y en la visión positivista, para extenderse teóricamente sobre temáticas complejas sin temor a violar fronteras de la “ciencia dura”. En este sentido, es interesante recordar que O’Donohue et al. (2019) propusieron una demarcación que fuera más allá de la tradicional división popperiana de ciencia y no-ciencia, reclamando un afronte de las disciplinas humanas —entre las cuales obviamente está la psicología— que las distinguiera de las naturales, lo que debería concretarse en métodos de investigación de nuevo cuño, más permisivos.
Desde el punto de vista abrazado en este ensayo, no hay ningún escenario mejor para plasmar dichas ideas que en el análisis conductual de la cultura, y en especial de sus protagonistas más relevantes, que son los intelectuales: su pensamiento y sus tendencias ideológicas en el contexto del devenir social que los observadores caracterizan como eras de la “modernidad” y de la “posmodernidad”. Hasta hace poco, las corrientes psicológicas más influyentes en el examen de los avatares culturales fueron el psicoanálisis y la fenomenología, ofreciendo sin duda algunas nociones valiosas pero insuficientes, dada su carencia de conceptos precisos y de tecnología de modificación del comportamiento. El análisis conductual, por el contrario, ya exhibe categorías analíticas que pueden servir a propósitos como los mencionados (Alonso-Vega et al., 2020), lo que brinda la posibilidad de afinarlas en el ensayo teórico continuo para, progresivamente, ir pasando de la mera especulación a la precisión de los juicios y diagnósticos, a fin de preparar programas interventivos de alto impacto. De hecho, como se reseña más adelante, ya se han emprendido varios intentos en este sentido. La revisión de Zilio (2019) sobre ellos a lo largo de 30 años parece mostrar que las categorías mencionadas no cumplen con el objetivo de la efectividad que se reclama; sin embargo, es posible que semejante juicio proviene de la tradicional proclividad del conductismo radical a comprometerse con pautas aproximadas a la “ciencia dura”, tal como ya se ha señalado críticamente más arriba. Por tanto, dicha crítica no debe ser óbice para dejar de lado el avance conceptual en términos más flexibles que auspiciamos dentro del análisis conductual.
La idea del presente ensayo es, entonces, probar las categorías culturales propuestas por el análisis de la conducta para examinar e interpretar la postura del intelectual posmoderno. Puesto que el tema es demasiado amplio como para tocarse en todas sus aristas, se escoge a manera de ejemplo representativo uno de los tópicos más notorios y polémicos —debido a su compromiso ideológico—, desarrollados e impulsados por pensadores de esta naturaleza: la cultura queer. Antes de llegar a ese ensayo de interpretación, se brindan en los primeros apartados los rudimentos necesarios para entender el escenario de análisis, vale decir, las concepciones comportamentales de contingencia, cultura, e intelectualidad moderna y posmoderna.
METODOLOGÍA
La metodología de trabajo se basó en revisiones bibliográficas y hemerográficas de la información pertinente, seleccionando aquella que el autor de este ensayo juzga más acorde con su perspectiva teórica.
DESARROLLO
Contingencia y cultura
Contingencias
Para el vocabulario coloquial, la palabra “contingencia” se identifica con el azar o la posibilidad, pero en la terminología técnica del análisis experimental del comportamiento, la categoría de contingencia aparece (o, mejor dicho, se infiere) de dos formas: una desde el condicionamiento respondiente, como relación entre estímulos incondicionado y condicionado; y otra desde el condicionamiento operante, si un evento ocurre inmediatamente después de otro (Skinner, 1953/2022). En Ferster y Skinner (1957) el vocablo adquiere más especificación, quedando claro que, en conjunto, se trata de circunstancias temporales, de intensidad o de topografía ocasionales, que contextúan la presentación o eliminación de un reforzador subsecuentes a una respuesta. Estas circunstancias en su modo más habitual, según Skinner (1969/1979), consisten de tres momentos “de la interacción entre un organismo y su medio […]: a) la ocasión en que ocurre la respuesta; b) la propia respuesta [llamada «operante»]; y c) las consecuencias reforzantes” (p. 20). La importancia de esta formulación está dada por su derivación empírica de los contactos con los eventos a los cuales se refiere, lo que le da el carácter de herramienta del quehacer conductual, pues permite examinar y evaluar situacionalmente el comportamiento para deducir qué acciones se necesitan a fin de modificar su flujo de ocurrencia.
Sin embargo, la riqueza analítica de esta categoría no se agota con semejante acepción empírica, pudiendo añadirse que, vista desde un enfoque teórico más amplio, constituye un todo unitario indisoluble como se muestra en las formulaciones relacional y de campo (Montgomery, 2014). Ambas, aunque afincadas en enfoques distintos, prefieren visiones holísticas, alejadas del mecanicismo, del asociacionismo y del molecularismo, enriqueciendo conceptualmente la perspectiva conceptual de la contingencia.
En el caso relacional, se habla de aquella como “una unidad funcional de transición de una situación a otra” (Hayes & Quiñones, 2005; p. 279), donde los elementos de la triple contingencia no pueden separarse del todo, pues no son físicos, sino eventos con funciones comportamentales. Un ejemplo es “responder a un evento en términos de otro” (ibid., p. 281), como en las respuestas combinatorias de la lógica.
En el caso de la teoría de campo, la idea es considerar la contingencia “como organización de relaciones […] interdependientes entre las ocurrencias vinculadas a los objetos y acontecimientos de estímulo y las ocurrencias vinculadas al comportamiento del individuo con base en los distintos patrones reactivos en curso” (Ribes, 2021; p. 198), lo cual califica también como una forma de contacto funcional. Un ejemplo son las prácticas lingüísticas.
Contingencias culturales
En la década del 80, Skinner (1981) vuelve a hacer una importante disquisición sobre la selección de la conducta operante humana, desarrollando el concepto de contingencia cultural como un tercer nivel después de la selección filogenética y ontogenética del comportamiento. En resumen, dice:
La cultura evoluciona cuando las prácticas originadas de esta forma, contribuyen al éxito del grupo que las ejerce para resolver sus problemas. Es el efecto sobre el grupo, y no las consecuencias reforzantes para sus miembros individuales, lo que es responsable de la evolución de una cultura (p. 502).
Por tanto, en este plano son las redes de refuerzo recíproco entre los individuos las responsables de las prácticas operantes, lo que introduce un factor de mayor complejidad convencional en la conducta humana. Con el tiempo, rescatando este punto, diversos exponentes del análisis conductual procuraron examinar dicha complejidad con el auxilio de nuevas categorías analíticas que pudieran dar cuenta del asunto, y así brindar al analista del comportamiento la oportunidad de un examen comunitario sistémico en colaboración con otras disciplinas (Mattaini, 2020). Tal como lo reseñan Alonso-Vega et al. (2020), estas definiciones fueron acordadas en consenso durante un evento realizado en 2015:
· Contingencias entrelazadas. Hace referencia a las contingencias establecidas por la interacción conductual de los individuos del grupo (Glenn et al., 2016; Hunter, 2012) […].
· Producto agregado. Es el resultado de la interacción de los miembros del grupo […] unidad que se utiliza en investigación para medir el resultado de las contingencias entrelazadas en estudios experimentales.
· Metacontingencia. Una relación de contingencia entre 1) contingencias entrelazadas recurrentes teniendo un producto agregado, y 2) eventos y condiciones del entorno que las seleccionan […].
· Culturant. Término propuesto por Hunter (2012) para hacer referencia a la suma de las contingencias entrelazadas y el producto agregado seleccionado por una metacontingencia […].
· Macrocontingencia. Relación entre 1) conducta operante gobernada por contingencias de un individuo y/o contingencias conductuales entrelazadas (interacción conductual) gobernadas por metacontingencias, y 2) un efecto acumulado de significancia social […].
· Cultural cusp. Es la combinación de interacciones conductuales y/o contingencias conductuales individuales únicas y no recurrentes que resultan en un cambio sociocultural significativo […] (Alonso-Vega et al., 2020; pp. 241-242).
Ejemplos de aplicación de algunas de estas categorías para examinar cuestiones culturales de alta relevancia los dan los autores citados respecto a temas como la conducta sostenible y el género; y recientemente también Ramírez Bontá (2022), quien recopila fuentes y analiza desde esta luz el fenómeno de la corrupción, definiéndolo como:
[…] una conducta cooperativa que involucra a dos o más personas (contingencias conductuales entrelazadas) que tienen un producto agregado y se mantiene a lo largo del tiempo por selectores conductuales (formándose la metacontingencia); y también como problema social: una conducta individual o colaborativa repetida a lo largo del estudio y que tiene un efecto negativo a largo plazo (macrocontingencia) (p. 70).
Ahora bien, el concepto de cultura engloba un campo extenso de cuestiones que, como señalan Kassin et al. (2016), pasan por constituir una matriz de articulaciones significativas que involucran “creencias, valores, supuestos e instituciones y prácticas perdurables, compartidas por un gran número de personas” (p. 17); las cuales obtienen, a través de dicha matriz, un canon de comportamiento grupal distintivo respecto de formas de ver el mundo y de juzgar sus manifestaciones. En tal sentido, las contingencias culturales son tradiciones, pero también dinámicas influenciadas por eventualidades políticas, económicas, sociales, e incluso desastres naturales; pudiendo establecer, modificar, estabilizar o desestabilizar diferentes prácticas de los individuos de una comunidad, construir o socavar sus identidades, adaptar elementos nuevos a los antiguos o rechazarlos, etcétera. En suma, toda una gama de aspectos envolventes cuya apreciación panorámica puede ser de gran valor para explicar procesos y predecir devenires.
Esta apreciación panorámica, en diversos grados especulativa, de los pormenores de la marcha cultural está, a menudo, encargada al estamento que suele denominarse “intelectual” de la sociedad, por lo que resulta interesante ocuparse de su naturaleza utilizando las categorías analíticas mencionadas en este mismo apartado.
De la intelectualidad moderna a la posmoderna
El intelectual moderno
Sin duda, la noción moderna de “intelectual” nace con el período de la ilustración, o probablemente incluso antes, desde la duda sistemática planteada por Descartes, modelo para todos los pensadores modernos posteriores. Lo cierto es que por entonces (ya en el siglo XVIII) también nace el concepto de “ideología” en su acepción enciclopedista con Destutt de Tracy, en tanto vinculado a la presunción de que el conocimiento necesita una idea clara acerca de cómo utilizar el poder para construir deliberadamente una sociedad “buena” en reemplazo del antiguo régimen (Reale & Antiseri, 1985/2010). Con este objetivo los intelectuales se constituyeron en adalides del pensamiento reformador, aun cuando todavía no fueran llamados así. Tocqueville (1856/2004), por ejemplo, se refiere a ellos como “escritores” (p. 198), es decir hombres de letras dedicados a pensar no en lo que es, sino en lo que puede ser.
Es recién ad portas del siglo XX que se populariza el término de intelectual, con motivo del célebre proceso Dreyfuss, que congregó en su defensa a numerosos hombres cultos. Desde entonces se identifica al intelectual con un hacedor de cultura, un manipulador de contenidos intangibles en su esencia, pero plenos de saberes prácticos, un conductor ideológico capaz de movilizar acciones ajenas mediante discursos bien articulados referentes a lo que hay que hacer. Más allá de la lógica contraposición que se hace a veces entre la “teoría” y la “realpolitik”, la ideología y la intelligentsia son en la modernidad —como se desprende de la influyente obra Ideología y Utopía de Karl Mannheim, uno de los autores más importantes en este rubro—, consustanciales entre sí (véase Altamirano, 2013; p. 53). De esta manera lo entendió Gramsci (1924/1972), al formular su concepción del “intelectual orgánico” (p. 10) con funciones especializadas al servicio de una causa determinada en un sistema de relaciones de producción.
En el mundo propio de la modernidad, predominante durante el siglo XX, la fe de la humanidad en el progreso científico y tecnológico era la guía del quehacer intelectual, y este gozaba del privilegio de ser ejercido por una élite de personas cultas con acceso fluido a los medios de comunicación impresos y audiovisuales. Fue así posible para ellas definir grandes líneas de influencia dependientes de la ideología que cada cual consideraba relevante, frecuentemente relacionada con factores financieros y geopolíticos. Pero a mediados de la centuria las cosas comenzaron a variar, al irrumpir la masificación de la cultura y diversificar las fuentes de información que el “hombre-masa” —es decir el individuo que cree saberlo todo sin hacer ningún esfuerzo para entender a fondo lo que ve, porque ya el grupo al cual pertenece se lo imbuyó (Ortega y Gasset, 1930/2003)—, recibe; perdiendo el respecto a los pensadores que sí profundizan. La modernidad, en palabras de Habermas (1985/2008), fue “un proyecto inacabado” (p. 9) que se habría ido socavando desde la crítica nietzscheana de la razón, y la posmodernidad enmarcó la época de cambios producidos desde la segunda mitad del siglo XX.
El intelectual posmoderno
De acuerdo con la interpretación de Lyotard (1979/1987), la condición posmoderna, y con ella la cultura posmoderna, se caracteriza por dejar de lado la creencia ingenua en la narrativa de la razón y de la ciencia tal como se presentan formuladas por el modelo del saber ofrecido en la modernidad. Se trata, pues, de reformular dicho modelo adaptándolo a las condiciones que el proceso histórico-social exige, llegando a las últimas décadas del siglo transformado en “sociedad del conocimiento”, un fenómeno de la era posindustrial donde la economía se afinca más que nada en la producción de servicios, y esta tendencia deriva en la necesidad de los individuos de calificarse técnica e intelectualmente, así como de diversificar los órganos a través de los cuales expresa dichas capacidades (Forero de Moreno, 2009); órganos de comunicación que dan voz a diferentes comunidades. Obvio que a partir de estas condiciones la multiplicidad de voces crece, y con ellas la dispersión de las narrativas, llevando en su caso más extremo a la relativización de todo y a establecer “verdades” convenientes para cada grupo de interés, a menudo ideológico, en lo que se ha llamado era de la posverdad (Vogelmann, 2018). En cierto modo, esto significaría para algunos —como señalan Aguirre & Mc Evoy (2008)— el fin del intelectual y su reemplazo por otra clase de forjadores de la opinión pública.
Mientras que el intelectual moderno desempeñaba su labor principalmente en el campo académico y contaba en promedio con el respeto de sus opiniones doctas como si fueran la verdad encarnada, al punto —según Foucault (1972/2019)— de formar parte de una élite cultural con injerencia directa o indirecta en los programas políticos dominantes; el intelectual posmoderno solo se dedicaría a cuestionar, a luchar contra las diversas formas del poder cultural para deslegitimarlas como discurso auténtico, implantando más bien los de la crítica y la autocrítica (Cerón, 2009). En un esfuerzo de síntesis, Harris (1989/2007; pp. 153-154) enlista en unos cuantos puntos “las numerosas fibras que componen el posmodernísmo”:
· La representación de la vida social como un “texto”.
· La elevación del texto y el lenguaje al rango de fenómenos fundamentales de la existencia.
· La aplicación del análisis literario a todos los fenómenos.
· El cuestionamiento de la realidad y de la idoneidad del lenguaje para describir la realidad.
· El desdén o rechazo del método.
· El rechazo de las teorías generales o metanarrativas.
· La advocación de la multiplicidad de voces dispares.
· La prioridad concedida a las relaciones de poder y a la hegemonía cultural.
· El rechazo de las instituciones y logros occidentales.
· Un relativismo radical y cierta propensión al nihilismo.
En suma, intelectualidad moderna y posmoderna son dos actitudes ideológicas distintas respecto a la manera de encarar la cultura.
Un ensayo de interpretación macrocontingencial
Una vez esclarecidos los conceptos anteriores, el objetivo siguiente es emplear las categorías culturales ofrecidas por el análisis de la conducta para describir técnicamente el comportamiento del intelectual posmoderno y sus correlatos ideológicos, pero, dado que sería imposible dar en tan corto espacio una apreciación totalizadora del fenómeno en mención, se puede escoger uno de los temas que han identificado más al pensamiento posmoderno y han generado mayor impacto en la cultura contemporánea: la teoría o ideología queer. Esta, sumariamente, comprende un conjunto de actitudes referentes a cuestiones de orientación sexual e identidad de género que “deconstruyen” —para usar el famoso término de Derrida— las concepciones tradicionales (ergo: modernas) del orden moral de la sociedad burguesa. Deconstruir, en su esencia más simple, significa volver a construir algo que se desmontó para privarlo de su significado antiguo y darle una nueva acepción que, aplicada a la orientación sexual y a la identidad de género, implica oponer a las jerarquías y sistemas de poder burgués un relato diferente: el de la relativa diferenciación de los individuos en relación con sus cuerpos respecto de normas y expectativas sociales inherentes a los papeles y los atributos de género (masculino y femenino) que asumen en su comportamiento cotidiano (Butler, 1990/2007).
Una apreciación general de las contingencias entrelazadas en este plano induce a considerar que el movimiento intelectual queer liga sus principios a la teoría crítica y a la filosofía posestructuralista, dos fuentes de la cultura occidental muy ligadas al posmodernismo, por lo que representa una perspectiva afín a él y puede juzgarse bajo los mismos criterios ideológicos (Errasti & Pérez Álvarez, 2022). Como hace notar Hicks (2004/2014), los pensadores posmodernos más destacados tienen una orientación ideopolítica de izquierda, y frecuentemente incluso de extrema izquierda. Ellos, siguiendo a la Escuela de Frankfurt y a Gramsci, invierten el papel que según el marxismo clásico juega la superestructura ideológica, poniéndola en el primer plano de influencia. Aquí el producto agregado es constituido por la multitud superestructural de obras, artículos, manuales, normas legales, cartillas informativas, columnas de opinión y expresiones artísticas que son generados por el conglomerado de autores (intelectuales de primer orden) y activistas queer (intelectuales de segundo orden). Esas elaboraciones se difunden a través de una serie de vías metacontingenciales, entre las cuales están aquellos organismos gubernamentales y no gubernamentales con facultades para enseñar, diseñar e imponer políticas de orientación sexual e identidad de género “reparativas”, en gran parte impulsadas por ciertos criterios de selección de la hegemonía cultural (cultural cusp) que han cobrado las narrativas (y también, en ciertos casos, las evidencias) acerca de la histórica discriminación estructural contra la mujer y las personas con disforia sexual, y además gracias a los planteamientos de lucha (culturants) adoptados por el activismo feminista y de los colectivos LGTBIQ+, que en colegios y universidades promueven la intolerancia académica frente a lo que llaman “discursos de odio” por parte del stablishment político “patriarcal” y de “ultraderecha”, lo cual los impulsa a ejercer la “cultura de la cancelación”, que es ignorar e incluso fomentar el aislamiento o la prohibición de puntos de vista contrarios a la teoría queer en ambientes educativos y en medios de comunicación (Pluckrose & Lindsay, 2020/2023). Algo inherente a las prácticas ideológicas del intelectual posmodernista es el uso del lenguaje como un medio de modificación de la cultura por medio de ajustes verbales que alteran la relación de contingencia entre las interacciones sociales y el contexto. Un ejemplo es el empleo de la palabra “todes” para designar por igual a ambos géneros o a un tercero; otro es el de la expresión “todos y todas” que, según intención explícita de quienes la usan, “visibilizaría” a la mujer. Estos y muchos otros ajustes, cuya validez en el uso del idioma aún está en discusión, ilustran el interés en el lenguaje que los intelectuales posmodernistas han imbuido a sus seguidores, y que en la jerga del análisis de la conducta constituyen contingencias culturales discriminativas o evocadoras de prácticas ideológicas.
Las macrocontingencias que resultan de todo esto denotan que la intervención del analista conductual tendría que centrarse, en primer lugar, en un esclarecimiento de las bases ideológicas y científicas sobre las cuales piensan y producen los intelectuales posmodernos ligados a la teoría queer, y en la clase de eventos que la fortalecen. La estimulación discriminativa predominante en la comunidad, las operaciones de refuerzo y castigo establecidas culturalmente y la historia personal de cada individuo son las fuentes que proveen los insumos básicos para movilizar el comportamiento en términos de aumentar o disminuir su probabilidad de ocurrencia. Errasti & Pérez Álvarez (2022), por ejemplo, analizan tales presupuestos ideológicos y científicos en las obras de sus impulsores más notorios (Judith Butler y Paul Preciado), concluyendo que obedecen a tergiversaciones idealistas y voluntaristas; y, entre otras cosas, efectúan una crítica a las instituciones universitarias que establecen condiciones de “infantilización” en el trato a sus estudiantes, promoviendo en ellos conductas de sensibilidad extrema contra narrativas diferentes a las hegemónicas posmodernistas. Entonces, en la cultura las ideologías aportan estímulos discriminativos para la aparición de tesis posmodernas, y los refuerzos sociales que reciben las perpetúan.
CONCLUSIÓN
Las categorías que el análisis de la conducta viene utilizando para examinar contingencias culturales (contingencias entrelazadas, metacontingencias, culturants, macrocontingencias, cultural cusp) todavía son, por el momento, en buena parte recursos retóricos que procuran abrirse paso en los campos teórico e investigativo. Aun así, puede afirmarse que tienen un potencial mayor de efectividad que otras estrategias psicológicas y sociológicas, puesto que aluden procesos objetivos de descripción de ocurrencias cuyo examen detallado puede llevar a la modificación de diferentes prácticas grupales. En efecto, considerar las cosas en términos deterministas de contingencias donde los acontecimientos son producto de ciertas condiciones antecedentes y de ciertas consecuencias especificables, permite ubicarlas y organizarlas de otra manera, o simplemente alterar algunos de los componentes del sistema con el fin de que la secuencia varíe.
El abordaje aquí presentado intentó, concordantemente con lo dicho n el párrafo anterior, ejemplificar cómo, desde las categorías mencionadas, es posible caracterizar los lineamientos principales de cualquier secuencia. En este caso, se eligió aquella que tiene que ver con el quehacer del intelectual posmoderno, concretamente en torno a una de las líneas de desarrollo más discutidas que desde ese pensamiento se producen: la teoría o ideología queer. No se ha intentado ser exhaustivo. Dado lo tentativo de la tarea emprendida, esta se califica como un ensayo de interpretación de acuerdo con el explícito propósito señalado en la sección introductoria, de flexibilizar el análisis conductual para adaptarlo a circunstancias de ciencia humana.
Conflicto de intereses / Competing interests:
El autor declara que no existe ningún conflicto de interés con algún autor o institución.
Rol de los autores / Authors Roles:
No aplica.
Fuentes de financiamiento / Funding:
El autor declara que no recibió un fondo específico para esta investigación.
Aspectos éticos / legales; Ethics / legals:
El autor declara no haber incurrido en aspectos antiéticos, ni haber omitido aspectos legales en la realización de la investigación.
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