Resumen
Este escrito pretende hacer una sinopsis de las fluctuaciones de las dinámicas académicas de la arqueología hecha en Colombia, teniendo como objetivo principal mostrar que esta ha atravesado por múltiples cambios en su qué hacer metodológico y académico, pasando de ser una diciplina preocupada por la reconstrucción del pasado mediante el análisis de los objetos y sitios arqueológicos, a un corpus multidisciplinar autoconsciente que analiza las características sociales de las poblaciones del pasado y del presente, gracias a la incorporación de componentes diciplinares que reconocen las dinámicas: políticas y socioculturales, en las que se encuentran inmersas las comunidades. Para ello él actual texto parte de un breve recorrido por los apartados históricos que señalan los diferentes enfoques disciplinares junto a la crítica que han tenido, concluyendo que a través de la afiliación de corrientes de pensamientos de otras áreas de estudio, la arqueología se transformó a una diciplina que en relación a los estudios del pasado intenta dar respuestas a problemáticas del presente, bajo importantes retos y agendas.
Palabras clave
INTRODUCCIÓN
La arqueología es una disciplina de las ciencias sociales delegada al estudio de las dinámicas comportamentales de las sociedades del pasado, mediante el análisis de los restos materiales y orgánicos, depositados en sitios concretos (sitios arqueológicos) (Sánchez, 2000). Esta como todas las disciplinas científicas ha atravesado por múltiples cambios en su quehacer, pasando de ser una labor encargada de la colección de objetos antiguos bajo el nombre de anticuarismo, a un corpus de enfoques autoconscientes que tiene como objetivo entender las fluctuaciones en las dinámicas sociales y los ejes que llevaron a dichas transformaciones (Trigger,1992). En el caso de la arqueología colombiana estos cambios se han efectuado en el quehacer disciplinar, que en las últimas décadas ha pasado de la preocupación del hallazgo y sistematización de sitios arqueológicos mediante las tareas de prospección y excavación, a la conservación y producción de conocimiento teórico de los yacimientos mediante una baja intervención en estos (Flórez, 2003), gracias a la introducción en el campo de nuevas herramientas como las digitales con los sistemas de teledetección (De Feo et al., 2013), y la incorporación de nuevas corrientes teóricas enfocadas en las comunidades y la apropiación de la materialidad por parte de estas (Flórez, 2003; Langebaek, 2004), que han hecho que la arqueología colombiana en la actualidad sea observada como un conjunto de escuelas regionales, auto referenciadas por sistemas educativos acumulativos, incorporadores de corpus teóricos que reconocen las dinámicas políticas, sociales y culturales, de las poblaciones antiguas y actuales (Clark, 1973; Forero et al., 2010). No obstante, para entender mejor este cambio es necesario escudriñar los apartados históricos de esta diciplina en el contexto colombiano.
DESARROLLO
Entre lo viejo y lo nuevo (historia de la arqueología colombiana)
Comprender la historia de la arqueología en el contexto colombiano es algo complejo, debido a que esta no ha seguido un corpus lineal que permita situarla bajo una sola historia (Gómez, 2010), De este modo, solo podemos ubicar ciertos apartados históricos que nos permiten estipular el “comienzo de la arqueología colombiana” entre los años 1930-1940, con la apertura del “Instituto Etnológico Nacional, en donde se capacitaron formalmente “los pioneros” de la arqueología nacional” (Flórez, 2003, p. 262), los cuales partieron de los ejes sociales para nutrir los arqueológicos2 (Langebaek, 2004), sin embargo, son muchos más los procesos que han permeado la historicidad de esta diciplina, ya que han habido:
(…) al menos seis lenguajes o seis maneras de “hacer arqueología” que se practican desde su institucionalización académica (universitaria) en la década de 1960: a) la normativa, que estaría más interesada en la descripción y el difusionismo como instancia explicativa apoyada en conceptos como áreas culturales, rasgos típicos, horizontes o tradiciones; esta herencia se remonta a los discípulos de Paul Rivet, como Luis Duque Gómez, quien tuvo gran influencia profesional e institucional entre las décadas de 1950 y 1990; b) la difusionista-ecológico-chamánica, representada casi exclusivamente por la obra de Gerardo Reichel-Dolmatoff, quien no formó sucesores, aunque sí influyó en la manera de concebir la “prehistoria nacional” entre las décadas de 1960 y comienzos de la década de 1990; c) la procesual, que trata de encontrar modelos generales que expliquen las regularidades del comportamiento humano, ejemplo de
2 (…) los arqueólogos se definen a sí mismos como “antropólogos del pasado”. Creen, con pocas excepciones, que todo lo que la arqueología tiene de teórico se lo debe a la antropología, no a la historia. Quienes ejercen como arqueólogos en Colombia, estudian en departamentos de antropología y rara vez asoman sus narices en los de historia. Cuando la antropología americana era poco más que la colección de curiosidades etnográficas, la arqueología no iba más allá de la colección de antigüedades; cuando la primera enfatizó el estudio de las comunidades, la segunda se concentró en el estudio de patrones de asentamiento; cuando la primera descubrió la ecología cultural, la segunda se sintió fascinada por los estudios ecológicos; cuando la antropología retomó las banderas del evolucionismo, la arqueología hizo lo propio. Y, más recientemente, cuando renegó de ella, y se echó en brazos del relativismo y la postmodernidad, muchos arqueólogos dejaron de excavar y se convirtieron en “críticos” relativistas y postmodernos (Langebaek, 2004, p. 111).
lo cual es el trabajo del autor del texto, que lleva poco más de una década tratando de evaluar algunos modelos neoevolucionistas que intentan explicar el surgimiento de “sociedades complejas” en diferentes áreas del territorio colombiano (Langebaek 1995, 1998, 2000, 2001;
Langebaek et al. 1998, 2002; Langebaek y Dever 2000, 2002; Langebaek y Piazzini 2003); desde esa óptica, el autor ha publicado varios textos de divulgación que sintetizan, desde una perspectiva alterna a la de Duque o Reichel, la “prehistoria nacional” (Langebaek 1992a, 1992b, 1993, 1996), así como otros en los que busca hacer un puente entre arqueología, antropología e historia para discutir la naturaleza de la diversidad cultural actual (Langebaek 1998, 1999); d) la arqueología histórica, que toma en cuenta documentos escritos y variables simbólicas para destacar el papel de los individuos o contextos sociales particulares o para explicar procesos de largo plazo que atañen a la arqueología (cf. el volumen especial de la Revista de Antropología y Arqueología No. 13 de 2001-2002, publicada por la Universidad de Los Andes); e) la arqueología marxista, que tuvo en las décadas de 1970 y 1980 un desarrollo más notable en México y Perú que en Colombia, donde, según Langebaek señala, “más que una realidad es un proyecto”, y destaca que si bien “no hay muchos arqueólogos en Colombia que, de manera explícita, se llamen a sí mismos marxistas (...) algunos de los mejores trabajos tienen, directa o indirectamente, influencia marxista” (p.208), y f) la arqueología posprocesal, que abarcaría diversas corrientes que cuestionan la legitimidad de la perspectiva procesual o señalan sus limitaciones interpretativas (Flórez, 2003, p. 260-261).
De este modo:
(…) Los objetivos planteados se pueden dividir en tres grupos. Los humanistas, que se interesan por los individuos y por sus opiniones, trayectorias académicas y personales; los disciplinarios, que tratan de ubicar las preguntas, temas y debates “arqueológicos” en un contexto académico nacional e internacional, y los más ambiciosos, que tratan de encontrar sentido al fluir de individuos y debates sobre “el pasado” dentro de un contexto “nacional” (Colombia) y disciplinario (arqueología) en particular (Flórez, 2003, p. 260).
Aunado a lo anterior, “se cuestionan, además, dos mitos sobre la disciplina: que en el país no se ha producido “conocimiento teórico” y que su establecimiento se remonta a mediados del siglo XX, “siempre gracias a ideas foráneas”” (Flórez, 2003, p. 260), las cuales han Marcado una disruptiva en la historicidad y el quehacer arqueológico colombiano, ya que no han permitido concretar los apartados definitorios y la producción académica (Flórez, 2003), al cuadricular la arqueología a una disciplina que solo tiene como finalidad la reconstrucción del pasado.
Sin embargo, dichos postulados no representan la realidad de la arqueología de los últimos 20 años, debido a que está a tenido un auge en las producciones investigativas de las dinámicas sociales de las poblaciones pretéritas y actuales, bajo enfoques como el de la arqueología comunitaria (Sánchez, 2000), que yuxtaponen la idea de concebir esta diciplina solo a la reconstrucción del pasado, reconociendo que al hacer estos se estaría desconociendo las características sociales que tiene la arqueología para generar relaciones dialógicas productoras de contenidos con un alto valor de significancia, para las comunidades que consideran los objetos y contextos arqueológicos como un recurso valioso en el ámbito identitario y social (Binford, 1962; Drennan, 2006; Forero et al., 2010).
No obstante, la estabilidad adaptativa de la estructura celular de la arqueología tradicional se ha disfrazado con éxito y ha disipado lo que podría haber sido un choque fundamental al sistema educativo entero, al confinar cada disconformidad en un compartimiento localizado, separando los tejidos ideológicos, legislativos y académicos, en los cuales se encuentra inmerso el contexto social en el que se expresa y desarrolla la arqueología Colombiana (Drennan, 2006), sin embargo, los nuevos postulados teóricos han entendido que los apartados no deben observarse por separado si no como conjunto, ya que el qué hacer arqueológico no sólo debe entender la elaboración de los objetos y las múltiples líneas de desarrollo cultural, si no también vincularse a otras áreas para así comprender la diversidad humana del pasado y dar respuesta con ello a dinámicas del presente (Sánchez, 2000; Drennan, 2006; Forero et al., 2010).
De este modo, la vieja formas del qué hacer de esta disciplina se ha incorporado a la nueva, dando como resultado un constructo teórico que permite definir a la arqueología como la disciplina de las ciencias sociales encargada de construir y contrastar discursos históricos, permitiendo a las poblaciones actuales enfatizar sus constructos identitarias, políticas y sociales, mediante la apropiación sociocultural (Drennan, 2006).
La arqueología del presente
La arqueología efectuada en el actual contexto colombiano cimenta sus apartados en los componentes multidisciplinares o lineales, que permiten la optimización en la creación y apropiación de las investigaciones. Para Forero (2003) es la participación multidisciplinar el agente fundamental para el desarrollo y comprensión de los nuevos conjuntos conceptuales, por el alcance que implica la unión de múltiples variables, en la resolución de las problemáticas sociales no solo de las comunidades del pasado, sino también las actuales. En este sentido, la noción clásica de objetividad (el objeto sustancia separado del entorno y del observador, descomponible en elementos aislables, sustanciales y simples), entra en una crisis pasando del objeto al sistema y de este a la organización, mediante un método que puede ser decodificado por la arqueología multidisciplinar (Flannery, 1982; Forero, 2003).
Sin embargo, la complejidad que a veces puede implicar el acople multidisciplinar al intentar unir los resultados de los diferentes campos de estudios a un problema de investigación específico, hace que utilizar esta nueva arqueología presente dificultades en algunas ocasiones (Forero, 2003), no obstante, a pesar de las limitantes, son más los beneficios que ofrece a la arqueología y a las poblaciones, la incorporación multidisciplinar, como es el caso del surgimiento de nuevas pautas metodológicas o el mejoramiento de las existentes, que han permitido una mejor resolución en el análisis de las problemáticas que secundan a las comunidades del pasado (Sánchez, 2000; Forero et al., 2010), aunado a lo anterior, se encuentra el buen amparo que han ocupado en las comunidades los discursos patrimoniales generados por este enfoque (Sánchez, 2000), que en conjunto a otras variables han situado a la nueva arqueología como una herramienta necesaria para comprender dinámicas sociales del pasado y presente (Binford, 1962; Drennan, 2006).
De este modo, la incorporación de herramientas metodológicas de otras áreas de estudios y los desarrollos tecnológicos que han tenido lugar en las últimas décadas, han hecho posible la implementación de nuevas técnicas no invasivas aplicadas en arqueología mediante un acople sistemático multivariado, de los componentes teóricos de las nuevas y viejas formas del conocimiento arqueológico, produciendo un avance en el desarrollo, divulgación e incorporación, de las investigaciones y los discursos generados por estas.
En este sentido, aunque las tareas de los arqueólogos todavía suelen estar relacionadas con las excavaciones y prospecciones, con estos nuevos métodos y corpus teóricos es posible un mejor acercamiento a las formas de vida de las poblaciones antiguas y la resolución de problemas actuales. Un ejemplo de esto es la implementación de las investigaciones y publicaciones que usan la teledetección; la cual permite observar y entender cambios en los nichos ecológicos efectuados por los seres humanos (cambios antrópicos), como las fluctuaciones en el uso de la tierra o modificaciones en el paisaje por construcciones monolíticas, gracias a la ejecución de sensores y el seguimiento de estos a través del procesamiento e interpretación digital (Martín, 1991; Bognanni, 2010), que han hecho posible el análisis y la conservación de manera remota de áreas o sitios arqueológicos, importantes para algunas comunidades por su ancestralidad.
La nueva arqueología y sus herramientas satelitales
Aunque son múltiples las áreas de estudio que han intervenido en el quehacer de la nueva arqueología colombiana, en lo que concierne a las dinámicas no disruptivas de los sitios arqueológicos, los componentes digitales con las herramientas de extracción y procesamientos de imágenes satelitales han sido fundamentales. Una de las primeras tecnologías de teledetección utilizada en la investigación de contextos arqueológicos fue la interpretación de fotografías aéreas, conocida en la actualidad como fotogrametría, esta permitió la medición y ubicación de zonas específicas, aportando información sobre la superficie terrestre, convirtiéndose en uno de los instrumentos más utilizados en la actualidad, debido a la excelente resolución espacial que aportan las imágenes, en otras palabras, el alto nivel de detalle que permite observar evidencia de primera mano de sitios arqueológicos sin estar ahí como lo son: antiguos caminos, monumentos o casas (Martín, 1991; De Feo et al., 2013).
Otro de los factores observados por esta herramienta se sitúa en el apartado ambiental y el análisis de las coberturas vegetales o el componente primario de la vegetación circunscrita a los sitios arqueológicos. Aunque, recientemente, esta utilidad se le ha otorgado en los últimos años a otra fuente importante de información territorial que son las imágenes satelitales, ya que el trabajo de estas se apoya en las “firmas espectrales” que son la forma en que las superficies u objetos (agua, vegetación, rocas, suelos, etc.) reflejan la energía emitida, por el sol o por el satélite que transporta el sensor, permitiendo a los científicos interpretar el área observada (Jurado & Bueno, 2004). No obstante, si bien estas imágenes son de gran apoyo cuando se requiere cubrir la cobertura global de un área con una amplia extensión territorial, como, por ejemplo: cambios regionales o departamentales de la vegetación, al momento de analizar áreas más pequeñas como zonas específicas o barrios pequeños la resolución de estas se queda corta (Bognanni, 2010).
Sin embargo, los sistemas satelitales actuales proveen datos de mayor resolución espacial. Su aplicación resulta muy favorable, principalmente para el análisis de fenómenos no visibles para el ojo humano como el espectro electromagnético, la humedad de los suelos y las variaciones en la temperatura (De Feo et al., 2013).
De este modo, desde la primera aplicación de los sistemas de información de teledetección usados por la arqueología (en el siglo XIX), hasta la actualidad, ha habido grandes cambios en estas herramientas, que en su mayoría se han debido por el desarrollo tecnológico y la implementación y transformación de las interrogantes que indagan las problemáticas sociales. Pasando de fotografías tomadas por globos aerostáticos a contrastaciones de imágenes por múltiples fotos (composición de nube densa de puntos en fotogrametría), usando equipos más asequibles como los drones (Martín, 1991; De Feo et al., 2013).
CONCLUSIONES
En conclusión, podemos decir que las herramientas de teledetección han evolucionado con la tecnología convirtiéndose en un complemento fundamental en el quehacer de la nueva arqueología, ayudando a contestar nuevas preguntas y a complementar enfoques como los ecosistémicos y urbanísticos, permitiendo entender dinámicas sociales que en el pasado eran complejas de analizar por los costos y las limitaciones existentes. Aunado a lo anterior, se encuentra el impacto generado diariamente por estos sistemas de información, no solo para el componente arqueológico, sino también para otros campos como el de la antropología social.
Por último, podemos plantear que la arqueología colombiana ha pasado por múltiples cambios en su qué hacer disciplinar con el pasar del tiempo y la incorporación de herramientas como el procesamiento de imágenes satelitales, pasando de ser una diciplina enfocada en los objetos y sitios arqueológicos a un corpus teórico multidisciplinar preocupado por la apropiación sociocultural de la materialidad por parte de las comunidades. De este modo, se puede entender a la arqueología hecha en Colombia como una disciplina de las ciencias sociales autoconsciente, conformada por sistemas educativos acumulativos que mediante el estudio del pasado intenta dar respuestas a problemáticas del presente, bajo importantes retos y agendas, que reconocen los tejidos políticos, sociales y culturales, de las poblaciones antiguas y actuales.
Referencias
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