Resumen
Las sociedades contemporáneas vienen enfrentando diversos problemas sociales, uno de estos, oculto, o en todo caso no muy manifiesto, y en consecuencia poco dilucidado, es la identidad cultural, el colectivismo identidario y el multiculturalismo. Específicamente, se trata del daño colateral que trae la identidad cultural a la sociedad actual, este mal, es la fragmentación social. Es así que, en el presente manuscrito se explica la relación causal y malsana que existe entre identidad cultural y fragmentación social. A partir de una fundamentación teórica, se hace una crítica al relativismo identitario. Se revisa a los teóricos más importantes sobre el tema de la identidad cultural, concretamente a los que la critican, a saber; Slavoj Žižek, Jordan Peterson y François Jullien. Por tanto, la tesis conclusiva del estudio es que, la identidad cultural es un problema para la sociedad, porque la fragmenta y divide; porque genera agrietas, fracturas y conflictos sociales. La identidad cultural trae fragmentación social.
Palabras clave
INTRODUCCIÓN
“Solo creo en la identidad personal, la colectiva es manipulable”
Emilio Lledó Iñigo
Hablar de identidad hoy en día puede ser trillado, ya que existen múltiples estudios al respecto, en la filosofía, pasando por las ciencias sociales, las humanidades y también en otros campos del conocimiento humano. En la historia del pensamiento social han existido diversos intelectuales que de un modo u otro examinaron dicha cuestión. Solo por citar algunos casos particulares tenemos a Parménides de quien se recuerda la famosa frase “el ser es, el no ser no es”, así mismo Sócrates menciono “conócete a ti mismo”, por otro lado, Heráclito subrayó “nadie puede bañarse dos veces en el mismo rio” y “todo fluye”, recordemos también lo que escribió Descartes “pienso, luego existo”, o “todo lo solido se desvanece en el aire” que asevero Marx. Todos estos enunciados directa o indirectamente hablan del Ser y su identidad.
Todo lo que existe tiene una identidad. La existencia de algo o alguien define un cosmos identitario. Según Rand (2009), la naturaleza de nuestra realidad obedece a una “Ley de Identidad” (p. 74) que se define en torno al axioma “la existencia, existe” (p. 57), lo cual consiste en entender que las cosas son lo que son, todo lo que existe es idéntico así mismo, poseen una naturaleza objetiva específica; una identidad. Cada cosa es identifica a sí misma. La existencia tiene una identidad. Porque existimos buscamos nuestra razón de existencia, nos auto-reconocemos para que se nos revele nuestra identidad, lo que somos realmente. La historia de la humanidad es una búsqueda de identidad, ya que esta explica el origen, define el presente y puede dar dirección al futuro. Para Sztajnszrajber (2017) “la identidad en sí misma es la búsqueda, es lo que motoriza nuestra búsqueda permanente, estamos buscándonos permanentemente a nosotros mismos” (Facultad Libre, 2017, 5m30s). Es una búsqueda personal que en sentido social no tiene un desenlace concreto, o en todo caso es un viaje que no tiene un destino final, pero que sin embargo tiene estaciones que nos den al menos una seguridad y sosiego relativo. La vida es un viaje no tanto un destino sino sobre todo a una transformación identitaria.
La identidad entonces tiene que ver con la seguridad existencial, porque da propósito o sentido a la vida, podríamos afirmar que la identidad es la respuesta a la pregunta ¿Quién soy yo? La identidad es lo que somos, nuestra esencia, la peculiaridad que nos hace diferente, nuestra naturaleza existencial, en términos ontológicos, el Ser y su fundamento. Ahora bien, como es evidente, tenemos una identidad individual y colectiva o personal y social; la primera ha sido sobre todo objeto de estudio en el campo psicológico, en el psicoanálisis, en la genética, la biología y la neurociencia, y la segunda es más un tema de la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales. No obstante, la identidad tanto individual como colectiva, si se quiere conocer en su complejidad debe ser abordada desde un enfoque interdisciplinario y transdiciplinario. Sin embargo, lo que nos interesa analizar en este texto es la identidad social, colectiva o de grupo, pero básicamente desde una perspectiva filosófica y sociológica. Lo que pretendemos es problematizar la identidad no personal y sus cambios en la sociedad contemporánea.
La identidad colectiva es la coincidencia, pertenencia e identificación con un grupo humano específico; me junto, relaciono y comparto con congéneres con las cuales encuentro cierta conformidad social, una semejanza que genera un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Según Maalouf (2001): Podemos sentirnos pertenecientes, con más o menos fuerza, o una provincia, a un pueblo, a un barrio, a un clan, a un equipo deportivo o profesional, a una asociación, a una parroquia, a una comunidad de personas que tienen las mismas pasiones, las mismas preferencias sexuales o las mismas minusvalías físicas, o que se enfrentan a los mismos problemas ambientales (p. 19).
La identidad colectiva se gesta ahí en donde se comparten elementos sociales concretos. Es así como, en la historia de la humanidad la identidad colectiva ha sido la plataforma de lucha política e ideológica de diversos movimientos sociales y partidos políticos, de tal forma que hoy se habla de “políticas identitarias” que buscan reivindicar a minorías organizadas en pequeños grupos, que por lo general son subalternos, periféricos o marginados en un aspecto particular (o al menos ese creen). Se trata de la instrumentalización política de las identidades colectivas, lo cual básicamente busca favorecer a un grupo más no al resto de la sociedad. Este hecho social se debe a que la identidad de grupo es una identidad cultural; es decir, tiene un componente cultural. Al respecto, dice Castells (2005):
Por identidad, en lo referente a los actores sociales, entiendo el proceso de construcción del sentido atendiendo a un atributo cultural, a un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido (p. 28).
En efecto, la cultura pesa más que otro atributo social, de tal forma que hoy se entiende que la identidad es la expresión de todo un bagaje que las personas han construido en su proceso de socialización e interacción, es así que tiene una motivación y significado cultural. La identidad colectiva es una construcción sociocultural. Cultura e identidad van de la mano. Ahora bien, históricamente la identidad ha tenido poder porque se basa en la cultura, esta le da sentido, dirección y propósito, es por eso por lo que las identidades mueven a las personas, los grupos, las masas y a las sociedades.
Sin identidad cultural es muy difícil que las personas se movilicen, se necesita un objetivo trascendente que cohesione y empodere a los individuos, de tal forma que su sentido de pertenencia sea perpetuo, o por lo menos estable por un tiempo y en un espacio determinado. De ahí que, el poder que tiene la identidad cultural en la sociedad contemporánea se allá extendido debido a que su constitución es múltiple, diversa, plural, móvil, liquida y nómada, porque está conformada por grupos o tribus que se unen en torno a propósitos culturales relativamente compartidos.
Aquí es necesario responder una pregunta básica y fundamental: ¿Que es la identidad cultural? Una respuesta clara y precisa a esta interrogante lo da Fisher (2014) quien sostiene lo siguiente:
El sentido de pertenencia a un determinado grupo social, la imagen que de sí mismos tengas los miembros de un grupo en el que su cultura es entendida aquí como el promedio estadístico de comportamientos significativos; tal identidad es el complemento lógico necesario de la diversidad cultural, es decir, funciona como criterio para diferenciar(se) de la(s) otredad(es) colectiva(s) (p. 32).
Partiendo de esta perspectiva podemos entender que la identidad cultural se construye en torno a las peculiaridades que las mismas personas agrupadas constituyen en un tiempo y espacio, los cuales tienen que ser similares y compartidas, para que así pueda haber una cohesión más o menos estable. No obstante, la permanencia identitaria perpetua es un imposible por la misma naturaleza social de los seres humanos, y más aún por los atributos culturales inmersos en cada grupo. De esta realidad social se puede explicar la diversidad cultural que históricamente han tenido las sociedades, y por lo mismo podemos comprender el fenómeno identitario contemporáneo, que sin bien es cierto puede y debe ser cuestionado, sin embargo, convivimos con ello cada día. Las identidades culturales nos rodean todo el tiempo, están en todas partes, y lo más seguro es que cada uno de nosotros seamos parte, consciente o inconscientemente, de una de ellas, o más de una. Bajo la lógica social, no podemos escapar de estas identidades, aunque desde una mirada crítica y racional, debemos aprender a vivir sin que estás nos absorban y coaccionen; que no limiten nuestra libertad individual.
En este específico sentido, cuando hablamos de identidad cultural hacemos referencia a las “identidades múltiples”, “pluralidad de identidades”, “identidades hibridas”, “identidad móvil” o al multiculturalismo y su relativismo identitario. Aquí podemos entender que los grupos humanos se organizan en pos de diversas motivaciones y significaciones subjetivas-culturales construidas socialmente en contextos diferentes. Hay, según Montoya (2019); una “matriz cultural” (p. 193), es decir, una estructura cultural que los cohesiona a partir de atributos compartidos, que pueden ser: lo sexual, lo étnico, lo religioso, lo territorial, lo nacional, lo ecológico, el género, el deporte, la música, e incluso en torno a estilos de vida particulares subyacentes y efímeros. Sobre esta cuestión, en la filosofía y la sociología parece haber un consenso académico-intelectual entre algunos estudiosos y expertos sobre el tema, a saber; Castells (2005), Touraine (2007), Dubar (2002), Maalouf (2001), Bauman (2003),
Maffesoli (2004), Portocarrero (2007), García (2001), Sztajnszrajber (2017), Romero (2005), Soto (2007), entre otros más, de que este resurgir identitario es bueno éticamente, progresista en sentido cultural, democrático a nivel político e inevitable en la sociedad global que nos ha tocado vivir. Pero, pocos intelectuales se han puesto a analizar los daños y problemas colaterales que las identidades culturales están trayendo a nuestras sociedades actuales. La dialéctica de la identidad es un tema que se debe de estudiar y problematizar.
Es así que, la hipótesis o tesis que planteamos en este manuscrito es que, hoy en día la identidad cultural es un problema para la sociedad, porque la fragmenta y divide, e incluso nos puede llevar por caminos de maldad, conflicto, enfrentamiento y violencia. Esto es consecuencia de la pasión irracional colectivista, del relativismo identitario y el multiculturalismo. En la actualidad son las pequeñas identidades culturales, más que otras causales, las que traen el fraccionamiento social. De ahí que, Maffesoli (2004) sostiene que asistimos a un proceso de neotribalización de la sociedad de masas, una vuelta a las tribus o comunidades pequeñas, “se trata de microgrupos emergiendo en todos los campos (sexuales, religiosos, deportivos, musicales, sectarios)” (p. 10). Para ser más claros y precisos podemos denominarlos como “sectas culturales”, y los encontramos en diversas organizaciones y movimientos socioculturales, a saber; el movimiento feminista actual, en el ecologismo, en los animalistas, en el etnocentrismo, en los indigenismos, en los nacionalismos, en la comunidad LGTB, en movimientos conversadores, en las sectas religiosas, las organizaciones de coaching, en la Nueva Era, etc. En el contexto juvenil están las tribus urbanas, los grupos de esquineros, las manchas escolares que defienden a su colegio, los hinchas de un equipo de futbol, las pandillas juveniles y en otros colectivos culturales en donde la pasión y motivación se sustenta en causas banales, efímeras e irracionales, pero que constituyen, en términos de Castells (2005), un poder identitario que moviliza, de alguna u otra forma, a la gente. Una identidad cultural no necesariamente es racional, diría más bien que en la actualidad y en la mayoría de casos son irracionales.
DESARROLLO
Identidad Cultural y Fragmentación Social
El componente cultural es, en la mayoría de los casos, determinante en la constitución identitaria y en la formación de los movimientos sociales. Es un determinismo cultural esencialista e irracional que, por lo general, no acepta cuestionamientos y busca la hegemonía social con la consigna de que todo es cultura, y como tal cualquier cosa puede ser motivo para unirse y construir identidades colectivas. Es, en términos del filósofo Gustavo Bueno, El Mito de la Cultura (2004), texto que plantea que, al no comprenderse el significado real, histórico y racional de la cultura, se cae en un oscurantismo que nos lleva a creer que todo o cualquier cosa es cultura, y en nombre de este relativismo cultural se forman identidades efímeras que buscan ser reconocidas a toda costa y tener privilegios estatales. Frente a este hecho social, Bueno (2004), busca triturar, en sentido filosófico, este mito y desecharlo de nuestras sociedades, ya que sostiene que; “ante incompatibilidades semejantes, el relativismo, o el pluralismo cultural, están fuera de lugar, y no hay ninguna razón para respetar tales instituciones y, menos aún, para tolerarlas” (p. 23). En otras palabras, no se puede tolerar la irracionalidad del relativismo cultural, ya que si le damos cabida esta puede terminar fracturando la sociedad, como bien en la actualidad está sucediendo. Hay que desencializar la cultura; es decir, hay que racionalizarla y verlo de forma objetiva sin cegueras ideológicas, pasionales y sentimentales.
El determinismo cultural nos lleva a un absolutismo del relativismo identitario; es decir, nos lleva a pensar que todo lo social es relativo, y que por lo mismo es normal que en el seno de una sociedad existan grupos culturales con marcadas diferencias que los lleven forzosamente a organizarse en torno a las mismas. Si bien es cierto de que lo social es cambiante, se transforma, o en términos de Bauman (2004) es “liquido”, esto es, por la misma naturaleza bio-psico-social de la humanidad. Todo este sujeto a cambio. No obstante, esto no implica que tengamos divergencias abismales que nos lleven a construir muros o “guetos simbólicos” que nos separen y aíslen de los demás. Claro está que no se trata, en la mayoría de casos, de una distancia física, sin embargo, a nivel subjetivo y simbólico hemos edificado murallas que nos aíslan de los otros. Estos particularismos identitarios según Sebreli (2013), son resultado del relativismo cultural y de la irracionalidad posmoderna que presta especial atención al subjetivismo y a lo simbólico, y desecha lo objetivo y racional. Lo real es reemplazado por lo imaginario y se exalta el bagaje y los relatos subjetivos y culturales que el individuo o grupo de individuos han construido, sin importar si esta es racional y de provecho para el mundo social. Es así que, hoy emergen con más fuerza las comunidades culturales.
Para Sebreli (2013) existe un “fetichismo de la identidad cultural” (p. 55), es decir, se rinde culto, se sobrevalora y se exalta los colectivismos por encima de la persona, de tal forma que se relega la libertad individual y los derechos humanos y se prioriza las identidades culturales. El individuo es absorbido y coaccionado por el grupo con la justificación de que se somete en nombre de la identidad, una identidad cultural que en este nivel se ha convertido en absolutista. Según Sebreli (2013) se trata de una “identidad absoluta” (p. 203) que no permite, de ninguna manera, que el individuo se libere, sea autónomo, que transite a otra colectividad y menos aún que lo cuestione. Hoy en día la identidad cultural es una identidad totalitaria.
Bajo este totalitarismo tribal, se reemplaza la identidad personal por la identidad cultural, el planteamiento es que la identidad colectiva es más importante que el individuo porque aparentemente busca el bienestar del grupo. Esta idea es falaz porque no explora (no puede o no quiere) realmente cuales son las preferencias de cada sujeto, no necesariamente lo que haga el grupo puede beneficiar a todos los individuos por igual, y, por otro lado, no podemos igualarlos a todos, sino por lo contrario debemos darles libertad. La razón que le lleva al individuo a ser parte de un colectivo es básicamente uno o en todo caso más de uno, sin embargo, sin duda alguna tiene más aspiraciones o preferencias que espera alcanzar, pero que muy pocas veces o en raras ocasiones lo puede conseguir con ayuda de los miembros de su grupo identitario.
Pero lo que a menudo sucede en las identidades culturales es que sus fines se hacen hegemónicos y absorben las particularidades personales, y como tal no pueden contribuir mucho en el logro de sus metas. Aquí es importante señalar el valor de la libertad individual por encima de la voluntad colectiva que muy bien explica Hayek (1946) al hablar del “verdadero individualismo” (p. 15), el cual hace referencia a la responsabilidad y autonomía personal de pensar, decidir y actuar sin coerciones de grupo. Se trata de una libertad con responsabilidad. Por tanto, el individuo es y debe ser más importante que el colectivo. Lo personal antecede a lo social.
Rand (1961) explica esta cuestión a partir de la “ética objetivista”, que argumentaba que el derecho individual está por encima de los derechos colectivos, ya que racionalmente la persona debe buscar primero, y, ante todo, su bienestar en función a su realidad existencial. Es decir, la persona en sentido natural (y como bien la historia lo ha confirmado) tiende a actuar para proveerse de lo necesario para sobrevivir, desarrollarse y progresar en su contexto social, pero cuando es absorbido por entidades de grupo su individualidad es postergada o en el peor de los casos es destruida, esto no es una exageración, en la historia de la humanidad encontramos diversos casos al respecto. Según Rand (1966):
La vida en este mundo, no se preocupa por la vida del hombre, ni por la del individuo, sino por la vida de una entidad incorpórea, lo colectivo, que en lo que respecta a cada individuo está conformado por todos los demás excepto él. En lo que al individuo concierne, su deber ético consiste en ser un esclavo caritativo sin individualidad, sin voz y sin derecho, sometido a las necesidades, reclamos y demandas de los demás (p. 50).
Se critica la ética subjetivista y social, porque estas históricamente nunca han tenido motivaciones racionales, objetivas y reales, sino más bien son manejadas por pasiones, emociones y tradiciones culturales que no necesariamente, por ser socialmente aceptadas, van a beneficiar la particularidad individual y sus aspiraciones, sino por lo contrario (y aparentemente o en términos reales), satisfacen solo al colectivo, pero como por lo general está dirigido por agitadores, insurgentes o líderes mesiánicos controladores, terminan convirtiéndose en dictaduras y fascismos, cuya bandera superficial y falaz es la mayoría, no obstante, en el fondo nos les importa el individuo ni sus necesidades y aspiraciones. Los colectivismos totalitarios, por lo tanto, han sido un fracaso social e histórico, dos ejemplos claros y precisos son la Alemania nazi y la Rusia comunista. Por esta y muchas razones más, Rand (1966) sostiene que no se puede ser prisioneros de los colectivismos, urge liberarse de esta hegemonía y ser uno mismo, ser libre y vivir la esencia y sentido individual de vida.
La individualidad debe desarrollarse en libertad, sin coacciones de por medio, ni el grupo, la otredad o la identidad cultural nos puede definir. La libertad se encuentra ahí en donde los grupos no nos pueden controlar. Los tribalismos nos hacen esclavos al sentido de pertenencia, dependemos de sus dispositivos de poder y control que nos asfixian y pueden llegar a matar nuestra identidad personal. Recordemos el llamado que hacía Nietzsche (2010) “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo” (p. 27). Ser uno mismo es la máxima aspiración en la vida, sabemos que es difícil debido a las múltiples identidades colectivas que existen en la sociedad, sin embargo, no es imposible. El individuo vive en medio de grupos sociales, pero esto no obliga o constriñe a construir identidades con ellos. Ese neotribalismo al cual hace referencia Maffesoli (2004), y que de forma indirecta lo exalta, debe ser cuestionado, debemos procurar transformarlo cuanto antes, porque nos hace daño como sociedad. Los tribalismos identitarios nos despersonalizan, nos des-subjetivan, y, según la psicología social de masas nos embelesan y arrastran a comportamientos o acciones que muchas veces no los decidimos sino más bien nos lo son impuestos de forma sigilosa. Lo emocional y pasional cobra fuerza, postergando, de esta manera, a lo racional. Por tanto, se debe huir entonces de la tribu, una huida hacia dentro, hacia sí mismo, hacia nuestra identidad personal, a la esencia del Ser. Lo no personal es peligroso, desconocido, poco seguro, efímero y en muchos casos irracional, porque te aleja de tu realidad personal.
El individuo no puede sumirse al colectivo, no puede dejar su particularidad ontológica por seguir el pensar o imaginario del grupo, si lo hace pierde su esencia; lo que es y lo que podría llegar a ser. La esencia del Ser es su identidad, pero no una identidad cultural, porque esta es grupal, y como tal es fútil, manipulable, cerrado y en la mayoría de casos irracional. Por tanto, hay que desencializar la identidad cultural, porque está en realidad no tiene esencia, solo cohesiona a las personas bajo fines específicos efímeros. Como bien sostiene Sztajnszrajber (2017) “las identidades colectivas no tienen esencia” (Facultad Libre, 2017, 38m40s). Entonces, como el clan identitario no tiene esencia no puede proveernos de lo más importante, nuestra identidad personal. Si bien es cierto que lo personal se forma en un entorno social, no obstante, en el plano emocional, sentimental y subjetivo no necesariamente se depende de los demás, ya que, en esta condición, fácilmente podrá ser manipulado o atrapado por otros.
Es importante la autonomía personal. Es como una secta religiosa en donde la personalidad del individuo se orienta en función a las ordenanzas escritas y simbólicas de la congregación, a tal punto que los condiciona a estilos de vida determinados, que incluso les puede llevar a cometer actos irracionales, deplorables y hasta malsanos. Como bien se sabe han existido varios casos de sectas que por sus principios organizacionales y la presión identitaria han llegado incluso hasta quitarse la vida. En muchos colectivos identitarios abundan las irracionalidades, no podemos generalizar pero sin afirmar que históricamente el nido de la identidad ha sido la plataforma para los radicalismos, fundamentalismos y extremismos culturales, religiosos, ideológicos y sobre todo políticos, y es que como bien se puede evidenciar la identidad cultural hoy en día (como también en la historia) se utiliza como una herramienta para fines políticos, que solo terminan beneficiando a unos pocos y postergando a las mayorías.
Así mismo, suele pasar que con el discurso falaz del alma del pueblo o conciencia colectiva las identidades culturales son constituidas, esto se ha utilizado y se utiliza en las organizaciones políticas e ideológicas para engañar a la población de una determinada jurisdicción. Se trata del populismo político cuya estrategia en el fondo es el forjar sentido de pertenencia hacia una agrupación. Según Sebreli (2013) “la conciencia colectiva no existe ni ontológica ni orgánicamente. El pueblo –una de las tantas formas que adopta la conciencia colectiva– no es una entidad orgánica; por lo tanto, no puede expresar sentimientos ni pensamientos, propiedades éstas del individuo” (p. 196). En efecto, la conciencia es un atributo de la persona y no del grupo, porque este último, en su composición, es múltiple, diverso y plural, tiene marcadas y hasta abismales diferencias. Por tanto, el hecho de pertenecer a un grupo no te hace plenamente igual al mismo, no eres (y no puedes ser) lo que todo el grupo es. El Ser es ante todo personal, el Ser social o cultural no existe, es falaz y anticientífico, porque la unidad ontológica, biológica y psicológica a nivel grupal, es imposible. Por más que uno lo desee no somos iguales, la diferencia es inmutable, no podemos Ser uno, vivimos en un absolutismo individual de lo diverso. Nacemos, crecemos y nos desarrollamos en sociedad, en grandes metrópolis, en pueblos, comunidades, barrios y familias, tenemos similitudes de todo tipo, pero una analogía total nunca será posible, no somos robots o cosas que se pueden crear en serie. Tenemos una esencia que nos diferencia y nos hace únicos, nos dota de identidad. Por tanto, el relativismo personal no está aquí en cuestionamiento, porque es real, racional y científico; lo que problematizamos en este texto es el relativismo cultural-identitario, porque está divide, separa y fractura a las personas, y con su aparente discurso de la diversidad o multiculturalismo viene fragmentando a nuestras sociedades.
En la perspectiva sociológica, se puede afirmar que es un hecho social e histórico que en las sociedades existen diferencias y similitudes de todo tipo, lo cual permite de forma directa la constitución de grupos o colectivos, que como lo hemos sostenido se unen a partir de atributos culturales compartidos en un tiempo y espacio, los cuales posteriormente pueden o no dar a luz una identidad cultural. No necesariamente todo grupo social tiene que forjar una identidad, la unidad social especio temporal no implica una formación identitaria. Empero, en las sociedades contemporáneas el relativismo de la identidad cultural o de grupo se ha vuelto cada vez más intrincada, revoltosa, rígida, conflictiva y hasta violenta, esto primariamente se debe a que su matriz de gestación son causas, motivos, estímulos y fines banales, pasionales, separatistas, dogmáticas, sectarias y bajo ideologías irracionales.
Hoy la identidad colectiva se ha vuelto oscura y peligrosa porque solo le importa sus metas y aspiraciones a toda costa, de ahí que, producen el quiebre con otros y fragmentan a la sociedad. No es una generalización, pero si una aproximación, más o menos real, a nuestro presente, y a un posible futuro apocalíptico en donde las identidades culturales se han tan ególatras y rivales que los lleven a afrentarse permanentemente. Al parecer, hoy en día hay un mandato despótico que exige al grupo social a construir una fortaleza identitaria. Por eso quizás las películas y series futuristas de ciencia ficción en la mayoría de los casos muestran un mundo dividido en pequeños grupos que luchan por los recursos y por la supervivencia de los suyos. Así mismo nuestro pasado está cargado de conflictos sociales cuya matriz son las identidades culturales.
El éxito de la Cadena Televisiva AMC “The Walking Dead” (2010) es un buen ejemplo al respecto, ya que esta serie nos da a conocer (entre otras cosas más) cómo es que se forman las identidades de grupo, los cuales llegan a tal cohesión que en defensa de la misma pueden incluso llegar a matar a cualquiera que se les oponga. Los suyos son más importantes que los demás, es como una familia que se defenderá a toda costa de las amenazas de su entorno. El sentido de pertenecía se hace más fuerte en tiempos de adversidad, y su rivalidad con las demás se hace más abismal por la necesidad por la cual estén pasando. Sabemos muy bien que este mundo apocalíptico de zombis y supervivencia es irreal para nuestro contexto social, no obstante, la subjetividad, el discurso y práctica identitaria que nos revelan es, hasta cierto punto, una realidad que hoy se manifiesta en las identidades culturales contemporáneas. Y no solo en el presente sino también en el pasado, ya que la historia ha demostrado que la identidad cultural puede ser conflictiva, violenta y hasta sangrienta, solo basta revisar algunos casos atroces, tales como: el genocidio ruandés de Hutus sobre Tutsis en 1994, las muertes causadas por el Ku Klux Klan desde 1856 en los Estados Unidos, el atentado en Japón en 1995 causado por la organización Aum Shinrikyo, la masacre de Jonestown en 1978 en donde 913 personas de la secta Templo del Pueblo se suicidaron, todos los ataques terroristas causados por grupos musulmanes radicales, y para no ir tan lejos la mayor matanza de Sendero Luminoso, 108 muertos en Soros-Ayacucho en 1984, entre cientos de miles de sucesos sangrientos, todos realizados en nombre de la identidad colectiva.
Las sociedades casi siempre han estado divididas, en conflicto y con confrontaciones de todo tipo, es un hecho social por su constancia histórica y por el activismo de las identidades grupales que han sido protagonistas de dichas fisuras. Sin embargo, en la actualidad el poder cultural ha cobrado cierta relevancia, porque la crisis socio-histórica de las entidades políticas e ideológicas ha permitido la redefinición o deconstrucción (término de la filosofía posmoderna que más adelante se explicara) del paradigma de la identidad cultural. El clásico libro del politólogo Samuel Huntington, El choque de civilizaciones (1997), hace un rastreo complejo al respecto. Su bosquejo es un estudio del horizonte posguerra fría, en donde el fracaso social de los grandes paradigmas ideológicos, políticos y económicos ha provocado que las civilizaciones se reconfiguren en torno al valor de sus propias culturas. Dice Huntington (1997) que hoy en día:
Las banderas son importantes, y también otros símbolos de identidad cultural, entre ellas las cruces, las medias lunas, e incluso los modos de cubrirse la cabeza, porque la cultura tiene importancia, y la identidad cultural es lo que resulta más significativo para la mayoría de la gente. Las personas están descubriendo identidades nuevas, pero a menudo también viejas (p. 22).
El choque de civilizaciones es en el fondo un choque de identidades, los Estado-Nación ahora no solo buscan poder y riqueza económica, sino también coincidencias culturales, en otras palabras, están en defensa y exaltación de las identidades culturales. Se trata de una lucha cultural. Aquí el papel de la religión, como parte del mundo cultural, y sus identidades, vuelven a ser determinantes en el funcionamiento de las sociedades contemporáneas, e incluso, así como en antaño puede ser el motivo de las guerras del mañana, de tal manera que antes de las batallas físicas habrá una batalla cultural.
Hoy en día las religiones también están bien fragmentadas y divididas, pero a pesar de eso crece a pasos agigantados, y, cada vez tiene más influencia en la cuestión pública, la política y el gobierno. La identidad religiosa está en pleno apogeo. De ahí que, en la actualidad la cultura y la religión, por acción de la identidad, es la mayor causa del conflicto social.
Bajo esta lógica, Amin Maalouf prefiere hablar de Identidades asesinas (2001), porque históricamente, en la actualidad y creo que será más en el futuro, las identidades culturales pueden llegar ser malsanas, destructivas y sangrientas. La afirmación de un grupo puede significar la negación de los otros. La Otredad es la enemiga del Yo, y, Yo soy rival de la Otredad. Los que son diferentes a nosotros se convierten automáticamente en nuestros adversarios, esa es la lógica simbólica de una identidad tribal. Para abordar de mejor manera este tópico sería bueno recordar el clásico libro: Nosotros y los Otros (1991) del francés Tzvetan Todorov, en donde se estudia de forma compleja, desde la lógica natural y moral, las ideologías que históricamente han divido a los grupos humanos: el cientificismo (cuya expresión fue el racismo), el nacionalismo (que se basa en la identidad étnica y cultural) y el egocentrismo (es el individualismo moderno).
Estos pensamientos hegemónicos fueron (e incluso lo son en la actualidad) la causa fundamental de las diferencias y separaciones entre Nosotros y los Otros. Según Todorov (1991) la matriz de esta cuestión es “la relación existente entre nosotros (mi grupo cultural y social) y los otros (aquellos que no forman parte de él), es decir, lo que se seda entre la diversidad de los pueblos y la unidad humana” (p. 13). Este planteamiento nos lleva a pensar sobre el tipo de relación social que se tejen entre los múltiples grupos que conviven en las sociedades contemporáneas, ya que las correlaciones humanas tienen un zócalo ideológico y cultural, que poco a poco forja identidades que cohesionan a las personas. Con la constitución de esta identidad colectiva comienzan los fraccionamientos, conflictos y hasta violencia entre Nosotros y los Otros.
Es así que, hoy en día las identidades culturales están en confrontación, pueden vivir en un mismo espacio y tiempo social, pero puede que no se toleren, no se quieren ver e incluso se enfrentan en diversas plataformas: políticas, religiosas, educativas, empresariales, etc. Al respecto, Meza (2006) sostiene que, “por ende, la identidad es una construcción que enfrenta uno contra el otro. Se construye en base a, y reforzando las diferencias” (p. 187). En efecto, la identidad compuesta por unos va a enfrentar a los otros, por el simple hecho de ser diferentes, no vamos a decir que siempre es así, pero si podemos afirmar que es la tendencia hegemónica que sigue una identidad de grupo.
La vida en la identidad cultural es una confrontación permanente, por ejemplo; en nuestra coyuntura social, con la presencia venezolana, se han generado diversos discursos, protestas, movilizaciones y hasta propuestas políticas para frenar su llegada y expulsar a dichos extranjeros del territorio peruano. Más allá de la cuestión política, económica, delincuencial y legal sobre la migración venezolana en el Perú, el problema es identitario, histórico y subjetivo-simbólico, ya que expresa el encuentro y enfrentamiento entre peruanos y venezolanos, es un choque en donde las diferencias culturales (historia, tradición, forma de hablar, características físicas, territorio, etc.) son el motivo del conflicto, ya sea a nivel consciente o inconsciente existe ahí una lucha de identidades. La identidad cultural siempre puede generar un conflicto social. Son identidades culturales que obstruyen a los demás porque son diferentes a ellos. Para Vich (2014):
Tal panorama es el que está conduciendo a la producción de ciertos esencialismos locales que, en su lucha por conquistar una mayor inclusión social, termina por producir la ilusión de identidades cerradas donde el otro siempre se figura como un enemigo y donde muchas veces la posibilidad de construir nuevas articulaciones se encuentra boicoteada por los mimos involucrados (p. 48).
Por tanto, la identidad cultural es, en términos simbólicos, una identidad cerrada para los otros, y difícilmente podrán tejer líneas de comunicación, convivencia y unidad con otros colectivos, porque estos son opuestos o enemigos suyos. La cohesión entre identidades colectivas es una utopía, muchas de estas, sobre todo las ideológicas y religiosas, están cegadas y es casi imposible que abran los ojos y vean la luz que les conduzca al camino de la unión. Parafraseado al Mito de la Caverna de Platón, podríamos decir que la identidad cultural es la cueva en donde se encuentran grupos humanos, que, por diversos impulsos subjetivos, han decidido entrar, y conforme el paso del tiempo han llegado a depender de la misma a tal punto que no pueden o no quieren salir y ver un mundo en donde puedan convivir con los otros a pesar de las diferencias. Piensan que la vida se define por el sentido de pertenencia grupal que tengan con sus congéneres, y que, en lo individual y con la interacción con los otros la existencia no será la misma.
De ahí que, salir de la caverna no es nada fácil porque la identidad no personal es como una camisa de fuerza que te tiene atrapado, que a veces se convierte en un auto-encierro, ya que suele pasar que las personas no quieren dejar su tribu. Su vida se define por el clan al que pertenecen. Por tanto, es necesario romper con el mito de la identidad cultural, ya que si bien es cierto ha sido parte constitutiva de la historia de la humanidad, a la vez, y con mayor fuerza, ha dividido a las sociedades. De ahí que, dice Sztajnszrajber (2017); “Se tiene que librar la batalla contra la identidad, porque la identidad en algún punto supone ese fijismo, de fijar identidades estables, que naturalmente se vuelven estáticas, delimitativas, jerarquizas y binarias” (Facultad Libre, 2017, 1:30m20s).
Por eso, el relato de la identidad colectiva más que cosas positivas ha traído consecuencias negativas. Urge un despertar; abrir los ojos, pensar y racionalizar para entender que podemos convivir a pesar de las diferencias sin necesidad de levantar barreras físicas o simbólicas irracionales. Un mundo mejor es posible sin fracturas identitarias.
Vivir en una identidad cultual es como vivir en la oscuridad y en un engaño simbólico, se cree que se está bien, y que no se tiene conflictos con los demás por el tema identitario, sin embargo, aunque en la mayoría de los casos no sea una confrontación física, en el fondo eso se piensa, muestra de ello son las identidades digitales gestadas en la red a través de grupos, páginas, blogs, etc. En efecto, el mundo virtual hoy en día permite externalizar subjetividades, mentalidades e imaginarios latentes de diferenciación social. Lo real y lo virtual hoy en día coexisten de forma paralela, hay una identidad real que se expresa sobre todo a través del universo digital, esto se suele denominar “Cibercultura” o “culturas virtuales”, lo cual explica que la vida sociocultural se da ahora, y en mayor proporción, en el “ciberespacio”. En este nuevo escenario las identidades culturales han encontrado un acelerado crecimiento y extensión gracias a las redes sociales que el internet les ofrece, tales como: Facebook, Twitter, YouTube, WhatsApp, Instagram, TikTok, etc. Hoy arden las redes sociales como consecuencia de la confrontación identitaria. Es así que, según Castells (2005) en la actual Sociedad Red se vienen gestando con mayor fuerza “identidades de resistencia” (p. 31), los cuales son comunidades que se oponen a la globalización y todo orden institucional o movimiento contrario a sus propósitos. Son tribus culturales que sirven de refugio en medio de un mundo acelerado e inestable. El sujeto busca abrigo frente al aparente frio que trae la aldea global, ya que no es como antaño en donde las ciudades eran pequeños pueblos o comunidades en donde todos se conocían, ahora juntos, la Revolución Urbana y la Revolución Tecnológica, vienen cambiando la vida de las personas. Las TICs han extendido y modificado la socialización y las relaciones humanas, y, muchos vínculos tradicionales se han resquebrajado, frente a este abrupto cambio las identidades de grupo parecen lugares idóneos, pero en realidad son efímeros e impredecibles.
Entonces, un daño colateral de la globalización y la sociedad de la información es el resurgir masivo contracultural de micro-grupos o tribus identitarias, que como se viene explicando, producen un fraccionamiento social. Según Naim (2019) el problema también es político, ya que se trata de una antipolítica o despolitización de la sociedad, y en oposición se avizora una reagrupación en torno a identidades pequeñas. Dice Naim (2019):
Los partidos políticos ahora deben enfrentar una plétora de nuevos competidores (movimientos, colectivos, mareas, facciones, ONG) cuya agenda se basa en el repudio al pasado y sus tácticas en la intransigencia…Esta identidad puede ser de naturaleza religiosa, étnica, regional, lingüística, sexual, generacional, rural, urbana, etcétera (p. 2).
En este específico sentido, el nuevo horizonte que hoy en día rige las agrupaciones sociales tiene como fundamento la identidad cultural, la cual evidentemente ha generado una mutación en los partidos y movimientos políticos, ya que estos vienen adoptando poco a poco la lógica identitaria en sus fines organizacionales. Hoy la identidad colectiva es una herramienta política. De esta manera, la cuestión política es ahora el cobijo de la identidad cultural, no basta con los programas ideológicos, es necesario también buscar la reivindicación de las minorías, de ahí que Naim (2019) señala que vivimos en un tiempo de polarización sociopolítica a causa de las identidades de grupo, ya que estas son frágiles, sectarias y en constante rivalidad. La identidad cultural en tiempos de globalización en vez de unir separa, crea conflictos y nos enfrenta, el encuentro social que trae la aldea global en vez de unirnos nos distancia más. Vivimos en un mundo polarizado, una muestra de ello es la identidad cultural que trae fragmentación social.
Tres perspectivas críticas sobre el relativismo identitario
En este panorama cultural el relativismo identitario o multiculturalismo ha traído, en silencio y paulatinamente, una fragmentación social. Es un hecho social, no es irreal, no es una irracionalidad o exageración, ya que como bien lo venimos sustentando, lamentablemente este problema crece cada día más a pasados agigantados. Hemos citado a algunos intelectuales críticos al respecto, sin embargo, los más certeros son Slavoj Žižek, Jordan Peterson y François Jullien, los tres desde diferentes perspectivas hacen un ataque frontal al relativismo identitario. Para Zizek (2008), Filósofo, Psicoanalista y Sociólogo neo-marxista, la matriz del problema, al igual que Naim (2019), se encuentra en el proceso de despolitización de las sociedades contemporáneas. Se trata según Zizek (2008), de la negación de la política o una “post-política” (p.31), en donde la agenda estatal prioriza atender los reclamos de pequeñas agrupaciones. Ahora la política es una lucha por la hegemonía del contenido particular de una identidad grupal, atrás quedo las viejas divisiones ideológicas que buscan resolver problemas universales, hoy vivimos en un escenario “post-ideológico” (p. 11), cuyo derrotero es el reconocimiento de los diversos estilos de vida. Ya no se piensa en políticas, programas y proyectos que beneficie al todo social, sino básicamente a sus partes en sus diferencias culturales.
Los particularismos son regentes impulsados por la política del capitalismo global bajo la consigna de que cada parte de una estructura social tiene su sitio, no importa el cuerpo en su totalidad lo principal es satisfacer a cada entidad cultural. Es así que, según Zizek (2008), la ideología del capitalismo global es el multiculturalismo, en palabras más simples el multiculturalismo es el engaño del capitalismo para decir de sí mismo que, tiene sensibilidad social. Pero en el fondo es una fachada que utiliza para fortalecerse y desviar la atención de las personas hacia el consumo de las superficialidades de las identidades culturales, lo cual a su vez la aleja de los problemas socioeconómicos reales.
Al parecer a la gente ya no le importa la cuestión política, económica y educativa de su país y el mundo, solo se enfocan en la parte cultural, el sujeto, su grupo y su consumo. Es un consumo cultural de lo efímero y fútil. Dice Zizek (2008):
La forma ideológica ideal de este capitalismo global es el multiculturalismo: esa actitud que, desde una hueca posición global, trata todas y cada una de las culturas locales de la manera en el que el colonizador suele tratar a sus colonizados: autóctonos y cuya costumbre hay que conocer y respetar. El respeto multicultural por la especificidad del Otro no es sino la afirmación de la propia superioridad (p. 56).
Aquí el capitalismo global se convierte en un capitalismo cultural cuyo fin directa o indirectamente es mantener la dominación social. El poder ahora no es solo económico y político, también es cultural e ideológico. La estrategia es esencializar, exaltar y ponerle en un sitial alto a cada grupo cultural, es como darles un valor banal e ilusorio a las personas. Es el engaño ideológico de decir que todos somos especiales, todo grupo tiene el mismo valor sin importar cuál sea su condición, es el relativismo cultural es su máxima expresión, nos desintegra como sociedad, cada quien, con su parte, si yo tengo lo mío el resto no me importa. Hoy la colonización capitalista de nuestras sociedades es bajo la lógica multicultural. El multiculturalismo tiene también principios filosóficos, lo podemos rastrear en la condición postmoderna, específicamente en la idea irracional del postmodernismo político-cultural. En términos precisos dice Zizek (2008):
La política identitaria postmoderna de los estilos de vida particulares (étnicos, sexuales, etc.) se adapta perfectamente a la idea de sociedad despolitizada, de esa sociedad que tiene en cuenta a cada grupo y le confiere su propio status (de victima) en virtud de las discriminaciones positivas y de otras medidas ad hoc. Lo que celebra como política postmoderna (tratar reivindicaciones específicas resolviéndolas negociadamente en el contexto racional del orden global que asigna a cada parte el lugar que le corresponde), no es, en definitiva, sino la muerte de la verdadera política (p. 47).
Esta marea sociopolítica de la exaltación de los particularismos busca establecer plataformas para el reconocimiento identirario de las minorías, su lógica es que los colectivismos estén por encima del individuo y la sociedad. Por eso las políticas identitarias en su egocentrismo intra-grupal desarrollan un sentimiento de victima por su aparente condición de subalterno, postergado y marginado social, esto es en el fondo una estrategia, mal intencionada o no, para lograr derechos exclusivistas para los suyos. En términos de Touraine (2007) buscan “derechos culturales” (p. 7), lo cual en realidad es algo difuso, abstracto, efímero y en la mayoría de los casos irracional, porque no se busca el bienestar ni del sujeto ni de la mayoría, sino solo el de su tribu cultural, lo cual lógicamente nos lleva a una parcelación social. Es una transformación cultural postmoderna en donde la identidad es multicultural y funcional a la globalización capitalista, y, solo busca promover políticas identitarias de grupos cada vez más pequeños, divididos y separados. Como dijo Julio Cesar: “Divide y vencerás”.
Es así que, la fragmentación social se debe, en la mayoría de casos, a que hay minorías organizadas a partir de agendas banales, hedonistas, narcisistas y muchas veces con ideologías irracionales separatistas y de conflicto social. El multiculturalismo es en realidad una disgregación social. Al respecto, el Psicólogo Clínico y crítico cultural Jordán Peterson hace un cuestionamiento directo, pero desde una perspectiva distinta a la de Zizek (2008), él lo aborda desde el plano filosófico-racional, con una posición liberal y en contra de la corrección política e ideológica de la nueva izquierda. Peterson (2017) es un rockstars de la intelectualidad a nivel mundial, y se ha convertido en uno de los mayores críticos del neo-marxismo, al cual lo denomina “marxismo cultural”, porque este tiene principios del posmodernismo filosófico (en este punto coincide con Zizek). Es sintomático señalar que muchos de los pensadores posmodernos han sido parte de la izquierda (según también sostienen los filósofos Stephen Hicks y Roger Scruton), precisamente, según Hicks (2014), sus cuatro máximos representantes estuvieron ligados al Partido Socialista: Michel Foucault, François Lyotard, Jacques Derrida y Richard Rorty. Según Peterson (2017): “El posmodernismo, en muchas formas, especialmente como se juega políticamente, es la nueva piel que habita hoy el viejo marxismo.
Renovaron la marca de su ideología bajo un manto posmoderno” (Peterson, 2017). El posmodernismo se puso de moda en los años 70, y a partir de entonces se ha expandido a través de la academia, específicamente en los claustros universitarios europeos, norteamericanos, latinoamericanos y en el resto del mundo. Es una corriente filosófica que plantea ir más allá de la modernidad, es una contra-modernidad, de ahí que cuestiona la verdad, la razón, la historia, la ciencia, el progreso, las instituciones y la ilustración occidental, los considera no importantes para la hora actual. Para los posmodernos la modernidad ha fracasado. Bajo esta lógica, buscan una subversión del orden social, su fin es cambiar el sistema o estructura bajo el mandato de que todo puede ser de otra manera, se trata de un post-estructuralismo.
En pocas palabras, el posmodernismo es un nihilismo irracional, porque busca, en términos de Derrida (1966), la “deconstrucción” de todo lo que existe, comienza con las palabras o el lenguaje y después incluso puede resignificar lo real, lo objetivo y las estructuras existentes. En este sentido, el marxismo también ha sido deconstruido por dichos cultores de la posmodernidad; le han dado un giro nuevo para que siga vigente y pujante. Aquí nos preguntamos lo siguiente: ¿Cómo la posmodernidad a re-direccionado al marxismo? Al respecto Peterson (2017) responde:
Comenzaron a jugar un truco de prestidigitación, y en vez de enfrentar al proletariado, la clase trabajadora, contra la burguesía, comenzaron a enfrentar al oprimido contra el opresor. Eso abrió una vía para identificar a cualquier número de grupos como oprimidos y opresores y continuar la misma narrativa bajo un nombre diferente…Bajo la forma del posmodernismo, hemos visto la rápida expansión de la política de identidad” (Peterson, 2017).
Por efectos de la posmodernidad los postulados, el discurso y la praxis marxista han variado en cierto sentido, si antes se hablaba de lucha de clases por la base económica que históricamente habían tenido los seres humanos, hoy en día otros componentes han cobrado relevancia en las relaciones sociales y la constitución de las sociedades contemporáneas, ya que si bien es cierto que las desigualdades socioeconómicas aún se mantienen, no obstante, estas se han acortado y sus jerarquías son más flexibles. Es así como el potencial del factor cultural que se encontraba latente ha sido expandido a través de las identidades de grupo gestadas en función ciertos atributos compartidos. Nos encontramos en una batalla cultural, en donde cada entidad busca la hegemonía, o por lo menos que sus reivindicaciones sociales, subjetivas y simbólicas tengan reconocimiento sociopolítico. En consecuencia, el viraje de la izquierda es básicamente cultural, es un neo-marxismo cultural.
La condición posmoderna sigue la lógica del relativismo cultural, de ahí que, uno de sus postulados es que todo puede servir de impulso para organizarse e identificarse, es decir, las personas pueden agruparte en torno a diversas particularidades sin importar si estas son banales, efímeras o pasionales. La explicación es que todo grupo por su misma peculiaridad es desvalorado, subalterno e incluso marginado por las estructuras sociales, motivo más que suficiente para fundar una identidad cultural. Este discurso ha calado hondo en la institucionalidad pública y privada de las sociedades contemporáneas, resultado de ello hoy en día tenemos las políticas de identidad que buscan la exaltación de los particularismos o pequeños relatos de todo tipo. De ahí que, Peterson (2017) afirma que:
La gente que sostiene esta doctrina —esta doctrina radical, posmoderna, comunitaria que hace de la identidad racial o la identidad sexual o la identidad de género o alguna clase de identidad de grupo algo primordial— tiene control sobre la mayoría de las estructuras burocráticas de nivel bajo a medio, y muchos gobiernos también” (Peterson, 2017).
Es así que, en la lógica del marxismo cultural hemos pasado de una lucha de clases a una lucha de identidades, los cuales directamente traen una fragmentación social. Ahora las personas ya no se dividen por su extracción de clase o por su condición económica, sino por su sentido de pertenencia a un colectivo. Son tribus posmodernas que por propósitos culturales se diferencian y se enfrentan, y no solo entre ellos sino sobre todo por el dominio sociopolítico, están en una lucha por el poder. Cada identidad cultural busca ejercer poder.
Al respecto el filósofo Michel Foucault es quien más ha ahondado sobre esta cuestión, recordemos su pequeño texto (colección de diálogos y entrevistas) Microfísica del poder (1980), y otros en donde habla de historia y dominación social. Para muchos es considerado el filósofo del poder. Foucault sostiene que los sujetos se enfrentan, permanentemente, por efectos del poder, todos buscamos poder a causa de la dominación que otros ejercen, tanto a nivel individual como grupal, a través de la vigilancia social. Su planteamiento es que el poder configura los sistemas sociales, hay estructuras de poder constituidas históricamente por grupos dominantes, frente a lo cual los subalternos forman trincheras identitarias de resistencia. Dice Foucault (1980); “donde hay poder, hay resistencia”. Aquí es donde se genera conflictos inter-colectivos que según Foucault (1980) son inevitables y necesarios para el progreso de nuestras sociedades, porque aquellos que nunca tuvieron poder lo anhelan apasionadamente y están dispuestos a todo. Los postulados de Foucault (1980) han tenido bastante influencia en la academia de las humanidades y las ciencias sociales, pero sobre todo en la dimensión política de la izquierda contemporánea, de ahí que, en la actualidad la bandera o caballito de batalla (para decirlo de una forma clara y directa) de la mayoría de estos movimientos son las políticas de identidad. Sobre esta cuestión Peterson (2018) dice lo siguiente: “La filosofía fundamental de los activistas de izquierda, es la política de identidad. No importa quién eres como individuo, lo que importa es quién eres en términos de política de identidad” (Peterson, 2018).
La identidad político-cultural está por encima de la esencia de la persona. Peterson (2018), al igual que muchos intelectuales (como algunos que hemos citado en este ensayo), cuestionan este relativismo identitario y lo califican de irracional por ser básicamente efímero, banal, manipulador y por seguir un derrotero que no tiene fin racional, ya que con este diseño las identidades van a ser cuantiosas y múltiples, pueden llegar incluso a ser incontables, ya que todo o cualquier cosa puede ser motivo para agruparse y construir una identidad. En su lucha ilusoria y simbólica por el poder entran en conflicto con otros grupos, pero principalmente con el mismo sujeto y su individualidad, ya que como antes lo explicamos el colectivo absorbe al individuo.
Ahora bien, hace cuatro años, específicamente el 19 de abril del año 2019, estos autores que acabamos de citar tuvieron un encuentro intelectual. Jordan Peterson y Slavoj Zizek se reunieron en Toronto Canadá y tuvieron un debate titulado: Felicidad: Capitalismo vs Marxismo, y fue denominado el debate del siglo. Peterson (2019) debía defender el capitalismo y Zizek (2019) el marxismo. Se esperaba que ambos se han directamente provocadores y que su polarización sea abismal, sin embargo, no fue así, sino por lo contrario tuvieron algunos puntos en los que coincidieron y no se agarraron de los cabellos. Zizek (2019) demostró que no es un filósofo dogmático en cuanto al marxismo, en términos de Bueno (2015) es un filósofo crítico. Zizek (2019) no se opone de forma total al capitalismo, sino solo tiene básicamente una postura crítica y negativa frente al mismo, e incluso cuestiona más al mismo marxismo y a la izquierda contemporánea.
Peterson (2019) por otro lado, dio conocer, de forma indirecta, que le falta abordar de mejor manera algunos tópicos sociológicos para cuestionar de forma compleja al marxismo, pero, sí hizo una buena defensa argumentativa sobre el capitalismo, el liberalismo responsable y sus beneficios sociales contemporáneos. Entonces, más que una batalla de ideas cerradas fue un diálogo abierto para compartir y aprender de forma recíproca. Como lo dijo Flores (1993): “discrepar es otra forma de aproximarnos”. Es así que, coincidieron en que es necesario oponerse y cuestionar la lógica de lo políticamente correcto y al discurso posmoderno, ya que tanto la corrección política hegemónica como el posmodernismo cultural hoy en día son los que vienen promoviendo el multiculturalismo, el relativismo identitario y los conflictos colectivos, que como lo venimos argumentando en este texto, son los que generan el fraccionamiento social actual. Peterson (2019) lo explica desde el posmodernismo neo-marxista y la lucha de identidades, y Zizek (2019) desde el posmodernismo capitalista y las políticas identitarias.
Por tanto, el multiculturalismo y pluralidad de identidades produce fracturas sociales profundas, así podemos afirmar que a mayor identidad cultural mayor fragmentación social. El problema se agudiza aún más cuando estas identidades son radicales, ortodoxos y tienen en el fondo algún tipo de manipulación por parte de entes políticos que los utilizan para sus fines particulares. Esto no es una novedad en el Perú y Latinoamérica, en donde muchos movimientos y partidos políticos populistas (sean de izquierda o derecha) con demagogia y falacias se aprovechan de diversos colectivos. Solo con este ejemplo, porque existen muchos más que ya lo hemos mencionado, podemos evidenciar el potencial que tienen las identidades culturares, pero es un potencial para el mal, un mal que divide, separa y genera conflictos sociales. Como bien escribe Lurhs (2019), refiriéndose a la identidad cultural, “La identidad es como el fuego. Resulta fundamental para nuestra vida en sociedad, pero su instrumentalización política implica un alto riesgo de sufrir quemaduras” (p. 2).
Esta metáfora es cierta, pero se queda un poco corta si observamos la realidad social actual de una forma más compleja, dando un vistazo a la historia y avizorando un posible futuro, ya que el riesgo puede ser mayor, no solo podemos sufrir quemaduras, incluso el cuerpo entero puede quemarse hasta llevarnos a la muerte, la muerte de la sociedad. Ya sucedió antes en la historia en varias ocasiones, tal es el caso del Holocausto Nazi. Sino estamos muertos al menos si enfermos. Ahora bien, la sociedad contemporánea esta malsana por diversos motivos, entre ellos y uno de los más determinantes, es por el relativismo cultural e identitario que viene siendo exaltado y esencializado por el sistema político posmoderno. Estamos cada vez más divididos por la matriz cultural identitaria.
Puede parecer exagerado lo que aseveramos, pero como ya lo hemos explicado teóricamente y con ejemplos específicos, es racional pensar que hoy en día las identidades culturales nos segmentan de una forma atroz. De ahí que, el filósofo y crítico político François Jullien es más directo y radical en su cuestionamiento a la identidad cultural, así lo da conocer en su texto, La identidad cultural no existe (2017). La identidad cultural no existe, o en todo caso no debería existir, ya que hablar de la dimensión cultural es hablar de algo que cambia, no permanece y siempre se transforma. La cultura no es absoluta, es relativo, por lo tanto, no le puede dar identidad a las personas, no le da sentido, esencia, arraigo, propósito y fundamento al Ser y su existencia. Dice Jullien (2017): “Debemos distinguir entre la identidad del sujeto y la identidad cultural. Yo tengo una identidad como sujeto desde mi nacimiento hasta mi muerte. Pero no existe una identidad cultural porque la cultura ni nace ni muere” (Jullien, 2017). En efecto, como ya en párrafos anteriores lo hemos explicado tenemos una identidad personal y una de grupo o cultural, el problema se encuentra en esta última, porque es relativista, efímera y banal. La cultura como la historia de la humanidad y la condición social de las personas, siempre va a cambiar, para bien o para mal, nada seguirá siendo igual. Se trata de un absolutismo del relativismo cultural, que nos lleva a plantear racionalmente que no podemos confiar en la cultura para que nos dote de identidad, porque en realidad no puede hacerlo, más aún ahora que el discurso hegemónico es que todo es cultura. Es algo indefinido, voluble e inmortal, siempre tendremos cultura para rato, porque son las mismas personas, grupos y sociedades los cuales la crean y recrean constantemente, está sujeta al cambio, pero su existencia es imperecedera.
Por tanto, no puede haber una identidad cultural, si bien es cierto de que es algo que social e históricamente se ha constituido, no obstante, hay que cuestionarlo y liberarnos de este condicionamiento cultural, porque sus daños colaterales pueden llegar ser a mortales, ya que impulsa al conflicto, la separación y violencia entre cofradías. Ahora bien, la identidad colectiva o cultural hoy en día es egocéntrica, efímera y siempre se transforma, de ahí que, es un problema para las personas, porque las divide y genera fracturas sociales, de hecho, los fundamentalismos, fascismos, totalitarismo y nacionalismos como el nazismo surgieron de identificaciones culturales e ideológicas de pequeños grupos que después fueron creciendo. No quisiéramos repetir estos sucesos en la escena contemporánea, pero si las cosas siguen así puede que lo volvamos a vivirlo, y de hecho en la actualidad alrededor del mundo existen cientos de fanatismos identitarios que tienden a convertirse en entidades hegemónicas. Al respecto Jullien (2017) dice lo siguiente: “La reivindicación de una identidad cultural tiende a imponerse hoy, en todo el mundo, como retorno del nacionalismo y reacción a la globalización” (Jullien, 2017).
Esto sin duda alguna es una triste, caótica y peligrosa realidad que viene extendiéndose a pasos agigantados, y si no se hace nada pronto podría ser demasiado tarde para poder frenar esta lógica irracional del relativismo identitario. Es un fantasma posmoderno que recorre Europa, Norteamérica, Latinoamérica, el Perú y todo el mundo, claro está que, con ciertas diferencias, pero fundamentalmente buscan lo mismo; reconocimiento social, privilegios minoritarios, derechos subjetivos, educación ideologizada y poder político. Por ello necesitamos hacer una crítica cultural o mejor aún una contracultura.
Por todo ello, Jullien (2017) propone la eliminación total de la identidad cultural, hay que desaparecerla, en términos alegóricos, de la faz de la tierra. Ahora bien, no se trata de atacar la cultura como tal, sino básicamente las identidades que se gestan de la misma, porque ahí está el problema. En la tradición de muchas sociedades se busca revalorar la identidad cultural, lo cual es erróneo, ya que estas cambian constantemente, no es la misma siempre, por lo cual perdemos el tiempo exaltando algo que ya se transformó y que no tiene esencia. Así mismo no podemos revalorar algo que es malsano para nuestras sociedades. Lo que si podemos hacer es estudiarla, explicarla y sobre todo cuestionarla. Pero Jullien (2017) no se queda en la crítica, él va más allá, su propuesta incluye tomar, de forma libre y abierta, todo el bagaje cultural disponible para el beneficio de nuestras civilizaciones. Dice Jullien (2017):
Las culturas están disponibles para que los sujetos, con su identidad personal, puedan desarrollarse a través de sus recursos culturales, que no es lo mismo (…) La cultura no es el refugio de la identidad, sino el conjunto de actividades y de recursos que permiten el desarrollo del sujeto. Y esos recursos deben estar disponibles para quienes los quieran explorar y explotar (Jullien, 2017).
La cultura no es de exclusividad de un grupo, es de todos. La identidad cultural debe ser sustituida por una fecundidad social que trabaje en función de recursos culturales (la lengua, la cocina, la artesanía, la agricultura, los paisajes, etc.), ya que los recursos son producidos, compartidos y están disponibles para los que quieran trabajarlos en bien de la sociedad. Los recursos culturales pueden ser mejorados, pero no monopolizados. El problema comienza cuando un grupo se apropia de los recursos culturales construyendo identidades en torno a ellas, ahí comienza las rencillas, los conflictos, las divisiones y hasta la violencia. La idea de identidad cultural supone una propiedad de los recursos y un poder por sobre los demás, de ahí que es fragmentario. Por eso dice Jullien (2017):
Un debate sobre la ‘identidad’ cultural está viciado en su principio. Por eso propongo un desplazamiento conceptual: en lugar de la diferencia [resultado de la identidad], planteo abordar lo diverso de las culturas en términos de écart; en lugar de identidad, en términos de recurso o de fecundidad (p. 46).
Los recursos culturales no pertenecen a nadie, incluyen a todos, todos lo pueden aprender, pero la identidad excluye, levanta fronteras y puede ser utilizado para intereses políticos-ideológicos malsanos. No podemos encerrarnos en la identidad cultural, es necesario ser libres de producir y reproducir los recursos o el capital cultural en su diversidad, con el fin y en pos del progreso de nuestras sociedades. Si seguimos este paradigma podremos forjar políticas, programas y proyectos sociales que se enfoquen en el desarrollo cultural. Se trata de industrias culturales inclusivas, cuyo derrotero es liberar los recursos para que estén al alcance de todos, para que la cultura no se convierta en una mercancía efímera y hedonística. Necesitamos una política cultural no identitaria. Este hecho sociocultural contribuye a que los pueblos del aquí y ahora se han cada vez más libres, democráticos, equitativos, inclusivos y sin fraccionamientos identitarios.
Para el caso peruano la realidad es la misma, pero con ciertas diferencias, nuestro país tiene profundas fracturas sociales que aún no han sido superados, cargamos con una pesada herencia colonial, somos hijos de nuestra historia, tenemos todavía los traumas del pasado que nos impulsan a la separación, los conflictos y la violencia entre nosotros mismos. El Perú está dividido, no hemos podido construir un proyecto de nación, nos urge, como diría Portocarrero (2015), “decir nosotros” (p. 182), no un nosotros particularista de una identidad cultural superficial, sino un nosotros de una sociedad que se una a pesar de sus diferencias, en contra de todo tipo de sectarismo cultural y que crea, a pesar su pasado oscuro, que un mundo mejor es posible. Portocarrero (2015) fue uno de los mayores estudiosos de la realidad peruana, pocos años antes de morir declaro que; “El Perú todavía no es una nación” (Portocarrero, 2015), y ciertamente no lo somos porque nuestra sociedad está fragmentada. Tenemos un problema que aún no hemos podido superar.
En nuestro país muchos intelectuales han estudiado el tópico de la identidad de forma compleja; histórica, múltiple, plural, móvil, diversa, global, mestiza e hibrida, es así que, se ha concluido en que la matriz cultural del Perú ha sido desde su inicio identitario. Por tanto, somos históricamente una sociedad diversa y por lo mismo dividida, en antaño estaba partido en dos: nativo/extranjero, indio/español, indígena/colonizador, cholo/criollo y peruano/occidental. En el proceso histórico-social que hemos vivido se han tejido lineamientos de mestizaje biológico y cultural, pero, posteriormente, con la globalización o mundialización, el panorama actual es no solo dual sino diverso, en términos de Arguedas, somos una sociedad de “Todas las sangres” (1964), por eso hablar de nación es una cuestión complicada. Hoy en día esta afirmación se ha vuelto bien conflictiva, violenta y hasta en algunos casos feroz. Para Neira (2009):
La identidad se busca como una, y en consecuencia excluyente. Bien mirado, el Perú es habitado por tres matrices culturales (…) la angustiada indagación de la identidad se vive como agravio, con temor al otro y como suspicacia ante lo extranjero (p. 17).
Es cierto lo que sostiene Neira (2009), y es que cuando el individuo busca y se ampara en el abrigo de una identidad, por lo general suele encerrase en la misma y excluye a los que no pertenecen a ella. De ahí que, hemos convivido con identidades atormentadas, con estigmas de humillación, miedo y desconfiada frente a los otros, a los que son diferentes. En la actualidad esto se ha agravado con el choque cultural de la globalización, en donde lo global y local cohabitan, de tal manera que las identidades son más numerosas que antes, así mismo sus distinciones, separaciones y conflictos también se han profundizado. En el Perú la matriz de las identidades culturales tiende caminos de fragmentación social.
Ahora bien, aquí es necesario reconocer al intelectual peruano que más ha cuestionado el relativismo cultural y por consiguiente la identidad cultural, este es Mario Vargas Llosa, ya que aparte de ser un gran literato, es también un crítico cultural acérrimo, al respecto se puede revisar sus libros ensayísticos: La utopía arcaica (1996), La civilización del espectáculo (2015) y La llamada de la tribu (2018), y, por supuesto, también sus diversos artículos académicos.
Textualmente, Vargas (2000) sostiene que, “la noción de identidad cultural es peligrosa, porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad” (Vargas, 2000). Esta afirmación es frontal por razones teóricas, ya que como bien en este escrito lo hemos argumentado, hablar de sentido de pertenencia y cohesión a partir de atributos culturales es efímero, y, por tanto, una artimaña, no puede permanecer, siempre va a cambiar. Consecuentemente, la identidad cultural también es peligrosa en el ámbito político, porque tiende a ser manipulador, populista y utilitario, ya que en nombre de una ideología falaz se busca aglomerar y coaccionar a las personas, con fines e intereses particulares.
En esta situación, se quebranta la libertad, la singularidad, las aspiraciones y metas individuales. La libertad individual es un principio que se nos ha tomado mucho tiempo alcanzarlo, ha sido una conquista que en la historia de la humanidad poco a poco se ha logrado. Generaciones enteras han luchado por conseguir este propósito, liberarse de las imposiciones colectivas y de los totalitarios identitarios; religiosos, nacionalistas, políticos, territoriales, etnocentricos, y sobre todo ideológicos. Por tanto, cobijarnos en una identidad cultural es trivial e ilusoria; es malsana porque genera fragmentación social.
CONCLUSIONES
Después de este trayecto argumentativo quiero terminar de forma puntual y sintética. A lo largo y ancho de este texto hemos explicado, a partir de una fundamentación teórica y con ejemplos concretos, que la identidad cultural es un engaño, un problema para las sociedades contemporáneas, como lo fue en el pasado y posiblemente, y en mayor media, lo será en el futuro, ya que el colectivismo cultural, el relativismo identitario y multiculturalismo nos separa, nos divide y puede llevarnos al conflicto, la violencia y ha practicas malsanas. La identidad cultural es en realidad una fragmentación social. En la filosofía, la sociología y en las ciencias sociales en general, pocos intelectuales han podido evidenciar los daños colaterales que vienen causando las identidades culturales, por tanto, hoy más que nunca es necesario y urgente cuestionar estos colectivismos identitarios, desencializarlos, desestructurarlos y proponer alternativas racionales que se enfoquen en el libre desarrollo de los recursos culturales que la historia de la humanidad nos ha legado y que día a día nosotros mismos creamos, producimos, reproducimos y forjamos. Nos queda aún un largo camino por recorrer.
Conflicto de intereses / Competing interests:
El autor declara que no existió ningún conflicto de intereses.
Rol de los autores / Authors Roles:
Luis Miguel Lazo López: Conceptualización, investigación, recursos, supervisión, visualización, administración del proyecto, escritura -preparación del borrador original, escritura -revisar & amp; edición, recolección archivos, codificación abierta, estructuración, teorización, preparación del borrador.
Fuentes de financiamiento / Funding:
El autor declara que no recibió un fondo específico para esta investigación.
Aspectos éticos / legales; Ethics / legals:
El autor declara no haber incurrido en aspectos antiéticos, ni haber omitido aspectos legales en la realización de la investigación.
Referencias
- Referencias no sincronizadas.