Revista Estudios Psicológicos. (2025). Vol. 5 Num. 1. pags. 21-38

Revista Estudios Psicológicos https://revistas.inudi.edu.pe/rep ISSN: 2788-6506 ISSN-L: 2788-6492 Editada por: Instituto Universitario de Innovación Ciencia y Tecnología Inudi Perú
Artículo original

Análisis conceptual de la hombría y su relación con la violencia a partir de la experiencia psicoterapéutica con varones

DOI: https://doi.org/10.35622/j.rep.2025.01.002

Resumen

La atención a la violencia de género desde la psicología clínica se ha ampliado de centrarse solo en las víctimas a incluir también a quienes la ejercen. En la práctica clínica con grupos de varones se detectó estancamiento en el proceso psicoterapéutico cuando sus círculos sociales etiquetaban sus cambios conductuales como “dejar de ser hombres”. Por ello, esta investigación tuvo como objetivo evidenciar como la construcción, entendimiento y autoconcepción de lo percibido como ser hombre puede mermar el proceso psicoterapéutico de los varones tendiente a erradicar la violencia de género, en la zona metropolitana de Guadalajara, Jalisco, México. Este estudio sigue un enfoque cualitativo con un diseño fenomenológico, basado en un paradigma constructivista, para analizar la relación entre la masculinidad tradicional y la renuncia a la violencia. Se emplea la entrevista semiestructurada como instrumento principal, aplicada a varones que recibieron atención psicoterapéutica para abandonar conductas violentas, principalmente contra sus parejas. Los datos se analizan mediante un enfoque narrativo, permitiendo explorar los significados y experiencias personales de los participantes en su proceso de cambio. Se determinó que, los hombres que buscan abandonar la violencia enfrentan barreras sociales y familiares que refuerzan la idea de que la hombría implica poder y control. Se identificaron altos niveles de ansiedad, depresión y estrés postraumático, así como el uso de la violencia como validación social.  Finalmente, se advierte cómo las definiciones dominantes de la hombría contribuyen a la normalización de la violencia en la sociedad, dificultando su erradicación y la transformación de las relaciones de género.

1. INTRODUCCIÓN

La epistemología es la tradición filosófica de reflexión sobre lo que los seres humanos entendemos por conocimiento, cómo es que se adquiere, produce y sobre las posibilidades de acercarse y apropiarse de la realidad -como quiera que ésta sea definida-. La reflexión epistemológica en ocasiones encierra una discusión ontológica, esto es una forma normativa (y una posición) sobre el ser, sobre las características o cualidades de ese ser, y de esa realidad que desea conocer (Amuchástegui, 2007). Por ello es que, no es de sorprender que en los procesos que viven los hombres cuando está en deconstrucción, aparezcan preguntas desestabilizadoras sobre si su “nueva versión” es compatible con lo que entiende por ser hombre y que su contexto cultural acepta y valida como tal.

Abordar la epistemología dentro de los estudios de género implica reflexionar sobre el sujeto que, en su condición de productor y reproductor de conocimiento, orienta el discernimiento y el reconocimiento social de la hombría, asociándola con el uso de la violencia como práctica cultural.

Cuando los hombres buscan terapia, a menudo lo hacen como último recurso, enfrentando crisis agudas que podrían haberse prevenido con una intervención temprana (Rochlen et al., 2005). Este retraso no solo agrava los problemas emocionales, sino que también complica el trabajo de psicoterapia al tratar condiciones más avanzadas.

El acto de violentar o ser violento no es ontogenético, es un acto de voluntad. Resulta una decisión que se toma en todo momento, ya que en cada episodio violento se tuvo un momento de reflexión y análisis donde la persona decide ejercer la violencia desde su propia postura de poder. El poder y la violencia suelen están intrínsecamente relacionados. En todo suceso violento hay una relación de poder; aunque no en toda relación de poder hay un hecho violento. La violencia es el ejercicio de acciones desarrolladas por los sectores dominantes de una sociedad, por sectores que respaldan ideologías exclusivistas, misóginas y discriminadoras, y por el Estado, contra sectores de la población que se consideran “subordinados” o por subordinar y controlar (Devalle, 2000).

La masculinidad hegemónica enseña a los hombres a asociar la vulnerabilidad emocional con la debilidad, promoviendo la represión de sentimientos como la tristeza, el miedo y la inseguridad (Kimmel, 1994). Esta represión no solo se convierte en un obstáculo para reconocer la necesidad de ayuda, sino que también limita la capacidad de los hombres para participar en las dinámicas introspectivas que exige la psicoterapia (Addis & Mahalik, 2003).

Lo anterior facilita que la violencia penetre hasta la médula espinal de la sociedad. Resulta algo tan estadísticamente común que, en algunas ocasiones, es difícil reconocerla como violencia, ya que se percibe como algo normal o natural dentro de la cultura dominante (Lagarde, 2005). Las personas que viven en estas dinámicas no suelen cuestionar su realidad en términos de violencia; la viven regularizada porque es lo que han experimentado sus generaciones anteriores (Segato, 2016). Es la cultura la que normaliza la violencia. Incluso en el discurso que emiten las mujeres que acuden a atención psicológica o médica para sanar las heridas de una relación violenta, suelen enfatizar que sus parejas les pegaban "lo normal", pero que en esa ocasión habían exagerado en los golpes, y por ello solicitaban la intervención del Estado (Monárrez, 2009). Es así como, mediante ejemplos como el anterior, podemos constatar que la violencia se encuentra en la estructura fundamental de la sociedad hasta ser parte de la cultura mexicana, y con ello la herencia social que hemos recibido y que, lamentablemente, transmitiremos a las generaciones venideras (Bonetti, 2020).

La masculinidad hegemónica contribuye al desarrollo de diversas enfermedades en los hombres. Según el Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos, la soledad, una condición frecuente en muchas personas, puede reducir la esperanza de vida hasta en un 15 %, aumentar en un 29 % el riesgo de padecer enfermedades cardíacas y en un 26 % los trastornos de salud mental, entre otros efectos negativos (Kotwal et al., 2021). Este impacto se manifiesta de manera diferenciada en los hombres, quienes representan la mayoría de los casos en estas estadísticas. Además, la investigación concluye que los hombres experimentan el proceso de envejecimiento en mayor aislamiento.

Más del 35% de los hombres en el mundo se sienten solos. Este porcentaje aumento con la pandemia. Los hombres que no tienen relaciones sociales estables corren más riesgo de vivir situaciones de depresión, ansiedad, trastornos del sueño, adicciones, etcétera (Hernández Gómez et al., 2021). Dicha sintomatología está estrechamente relacionada con ideaciones, pensamientos y conductas suicidas.

En México, las muertes por suicidio han aumentado; en año 2022 el incremento paso de 5.3 a 6.3 por cada 100,000 habitantes, esto equivale a 1622 suicidios más que en el 2017 (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Información, 2023). El fenómeno del suicidio es más común en los hombres, suceden casi cuatro veces más que en las mujeres, en parte es debido también a que los métodos que se emplean para acabar con la vida son más contundentes. 8 de cada 10 fallecimientos por suicidio ocurren en hombres. Esto es un dato alarmante y relevante (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2023).

La psicoterapia ha demostrado presentar soluciones a estas problemáticas, pero también refiere ciertas dificultades para que los hombres acudan a ella (como lo es el estigma social asociado con la búsqueda de ayuda emocional). En sociedades patriarcales, acudir a terapia puede percibirse como un acto que desafía el ideal masculino de fortaleza y autosuficiencia (Vogel et al., 2014). Este estigma afecta la disposición de los hombres a buscar terapia y, en muchos casos, genera una sensación de vergüenza o fracaso al hacerlo (Addis & Cohane, 2005).

El miedo al juicio no solo proviene del entorno social, sino que también se manifiesta dentro del espacio terapéutico. Muchos hombres reportan sentirse incómodos al exponer sus emociones frente a un terapeuta, especialmente cuando temen ser percibidos como débiles o incompetentes (Seidler et al., 2016). Esta dinámica puede dificultar la formación de una alianza terapéutica sólida, un elemento esencial para el éxito del tratamiento (Norcross & Wampold, 2011).

La performatividad masculina, definida como la necesidad de actuar de acuerdo con las expectativas sociales de masculinidad, también impacta el proceso terapéutico. Según Kupers (2005), los hombres que adhieren a las normas de la masculinidad hegemónica tienden a minimizar sus problemas emocionales o a expresarlos a través de comportamientos externos, como la ira, en lugar de reconocer emociones subyacentes como la tristeza o el miedo.

En terapia, esta tendencia puede manifestarse en la preferencia por soluciones rápidas y concretas, en lugar de explorar las raíces emocionales de sus problemas (Mahalik et al., 2007). Además, la performatividad masculina puede llevar a una desconexión emocional con el terapeuta, dificultando la introspección y el cambio significativo (Seidler et al., 2016).

Las barreras impuestas por la masculinidad hegemónica afectan directamente los resultados terapéuticos. Wong et al. (2017) muestran que los hombres son más propensos a abandonar la terapia prematuramente en comparación con las mujeres, en parte debido a la incomodidad con el proceso introspectivo y las expectativas de vulnerabilidad emocional. Además, la resistencia a explorar emociones profundas puede limitar la eficacia de enfoques terapéuticos como la terapia cognitivo-conductual o la terapia centrada en las emociones, que requieren un nivel significativo de autoexploración y apertura emocional (Norcross & Wampold, 2011). Esta resistencia también perpetúa los mismos patrones de comportamiento que inicialmente llevaron al individuo a buscar ayuda, creando un ciclo difícil de romper (Rochlen et al., 2005).

Acercamiento al concepto de hombre

Con frecuencia, la hombría se interpreta como un concepto único y homogéneo, aplicable a distintos contextos (Amuchástegui, 2007). Sin embargo, las formas diversas en que las personas se identifican como hombres evidencian que esta noción no puede reducirse a un solo significado. Como plantea De Beauvoir (1981, p. 13), “no se nace mujer, se llega a serlo”, y esta idea puede extenderse a la experiencia masculina: ser hombre no es un hecho biológico, sino una construcción cultural influida por el derecho a la autodeterminación y a la formación de una identidad propia.

La identidad masculina, en este sentido, es un ejercicio voluntario e individual, distinto de las nociones tradicionales ancladas en lo biológico. No obstante, esta identidad también está condicionada por normas culturales e históricas que moldean cómo se concibe y vive la masculinidad en distintos contextos. Así, lo que se entiende por "hombre" depende de consensos sociales variables y temporales.

A partir de la década de 1960, los movimientos feministas comenzaron a cuestionar activamente los modelos hegemónicos de masculinidad, un tema que hasta entonces había sido poco problematizado. Estas críticas dieron lugar a los estudios sobre masculinidades, los cuales, impulsados en gran parte por las luchas feministas, han contribuido a revisar de forma crítica los roles de género y a reconfigurar lo que significa ser hombre en la actualidad.

Desde una perspectiva existencialista, ser hombre no se considera un destino predefinido, sino un proyecto que cada individuo debe asumir con libertad y responsabilidad. Jean-Paul Sartre, en su obra "El ser y la nada" (1943/1992), sostiene que los seres humanos no poseen una esencia previa a su existencia; en cambio, somos lo que hacemos de nosotros mismos. Este enfoque permite que un hombre no se sienta obligado a adherirse a los estereotipos tradicionales de masculinidad, otorgándole la libertad de redefinir qué significa ser hombre según sus elecciones, valores y relaciones interpersonales.

Además, filósofos como Foucault (1975/2007) han profundizado en cómo las nociones de género, incluida la masculinidad, están influenciadas por relaciones de poder y discursos sociales. En sus obras, Foucault (1976/1977) argumenta que las sociedades han regulado la expresión del cuerpo y la sexualidad, creando normativas que delinean lo que se considera "masculino". Históricamente, la masculinidad ha estado asociada con cualidades como la fuerza, el liderazgo y el dominio, no solo sobre otros hombres, sino también sobre las mujeres, perpetuando así desigualdades de género. La llamada “crisis de la masculinidad” resalta que los modelos tradicionales son limitantes y pueden ser perjudiciales tanto para los hombres como para quienes los rodean.

Butler (1990/2007) argumenta que el género no es una característica estática, sino una performance, es decir, una serie de actos repetidos que crean la ilusión de una esencia. Desde esta perspectiva, la masculinidad no es un estado, sino un proceso de construcción en el que intervienen múltiples factores.

La pluralidad dentro del concepto de masculinidades ha dado pie a nociones como masculinidades alternativas, hegemónicas, nuevas, aliadas y no violentas. Estas categorías ayudan a visibilizar que no todas las formas de ser hombre deben relacionarse con ejercer violencia. La masculinidad, por lo tanto, no es sinónimo de violencia, sino que se articula a partir de procesos sociales, culturales y subjetivos que moldean la identidad masculina. No es simplemente la manifestación espontánea de los cuerpos de los hombres, sino cómo esos cuerpos materializan prácticas de género dentro de un contexto social determinado.

Connell (2003) enfatiza que la masculinidad no debe considerarse un objeto coherente para la producción de una ciencia generalizadora, ya que su existencia está intrínsecamente ligada a la femineidad. Este entendimiento plantea un dilema fundamental: un individuo que desea ser reconocido como hombre no solo debe evitar atributos relacionados con la feminidad, sino que, de alguna manera, debe contradecirlas. Por ejemplo, no basta con no ser tierno; se espera que se sea rudo. La masculinidad se construye en oposición a la feminidad, lo que implica comportamientos y actitudes a menudo agresivos y dominantes.

Por lo anterior es que ser violento no es intrínseco a ser hombre, sino que es producto de un proceso social y cultural que asocia la hombría con la violencia. La masculinidad debe entenderse como un fenómeno complejo que se manifiesta en diversas prácticas de género y que no se puede reducir a ideas simplistas. En el contexto contemporáneo, ser hombre implica también un reconocimiento crítico de los privilegios que la masculinidad ha otorgado históricamente.

La violencia en la identidad de los hombres

Se afirma que la violencia no es sinónimo de agresividad, ya que esta última tiene un origen genético y está relacionada con situaciones de sobrevivencia, a diferencia de la violencia, que se vincula con contextos de supervivencia. “Los animales en su totalidad presentan rasgos de agresividad, atacan para defenderse o atacan para obtener alimento, más los animales a diferencia del ser humano jamás se enfrentan hasta la muerte; el vencedor perdona al vencido” (Devalle, 2000, p. 15).

La violencia se entiende desde el modelo ecológico, que la concibe como el resultado de la interacción entre factores individuales, sociales y estructurales (Benetti et al., 2013).

El informe más icónico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre violencia es el correspondiente al 2002. En él se aproxima a la violencia como un problema de salud pública más que como un problema judicial. Este enfoque ha resultado útil para forjar epidemiología de las violencias y sugiere que para su análisis se debe de comprender desde cuatro dimensiones:

-        La social: donde vienen las dinámicas sociales, culturales, la desigualdad, la pobreza

-        Comunitaria: permite analizar las interrelaciones con los barrios, las comunidades, las pandillas, el acceso a armas, a alcohol, drogas.

-        Relacional: los lazos que los hombres establecen con sus redes primarias y secundarias. Como lo son la familia, los amigos o pares. Y como estos influyen en cómo se pueden comportar.

-        Individual: la historia de vida en dimensión individual, cuestiones genéticas, psicológicas y del desarrollo

Por ello es importante investigar como experimentan los hombres su identidad y si este entendimiento los lleva o no a conductas de riesgo y aislamiento. Aceptar un único modelo tradicional de masculinidad se ha vinculado con ansiedad, depresión, consumo de sustancias y dificultad para expresar emociones sin violencia. Esta situación refleja la falta de herramientas emocionales y de modelos diversos de ser hombre. Por lo anterior, el objetivo de la investigación fue detectar aquellas relaciones entre lo que los varones entienden como ser hombres y cómo estas concepciones los anclaban para no abandonar dinámicas violentas con las mujeres.

2. MÉTODO

La pregunta que dio origen a la investigación versa sobre la construcción de la identidad en los hombres y cómo esta se relaciona con la violencia. La investigación es mixta (Barrantes, 2014), con corte longitudinal y muestreo a conveniencia no probabilístico.

La exploración consistió en recolectar y analizar la narrativa de un grupo de psicoterapia conformado por 19 hombres que asistieron, al menos, a 17 sesiones durante el año 2022 en una institución pública. Las sesiones grupales se realizaban semanalmente, y el 89 % de los participantes también recibían atención individual. La edad promedio era de 36 años, y todos residían en el municipio de Zapopan, Jalisco, México. Dos de ellos fueron remitidos por orden judicial debido a sentencias por violencia contra las mujeres; se encontraban en libertad y bajo un proceso de reeducación orientado a prevenir la reincidencia. Otros dos acudían de forma voluntaria con el objetivo de deconstruir su relación con la violencia, mientras que el resto lo hacía a petición de sus parejas, como condición para mantener la relación y evitar una separación o divorcio. La mayoría contaba con escolaridad media superior, todos tenían empleo (formal o informal) y 15 eran padres.

Las citas incluían sesiones grupales, asambleas reeducativas y encuentros individuales. En estos espacios, los participantes compartían experiencias cotidianas y recibían intervenciones terapéuticas por parte de dos psicólogas, ya fuera en formato grupal o individual, según el caso. Los objetivos eran promover la expresión emocional no violenta, enseñar estrategias pacíficas para resolver conflictos y fomentar la fraternidad entre ellos, con la intención de crear redes de apoyo que trascendieran el espacio terapéutico.

El método sobre el cual se analizó la narrativa de los hombres fue análisis del discurso. El término discurso es ambiguo y su clasificación es extensa.  El objetivo principal fue analizar e interpretar la expresión del contenido que expresaban (Pérez et al, 2024). Como mencionan Buenfil et al. (1998): existen dos puntos fundamentales en relación con la expresión humana, sin embargo, si hacemos una comparación entre el análisis y el discurso este último hace énfasis en su estrecha relación   con   el   contexto   determinado   el   cual   facilita   por   consiguiente   la fragmentación de todo su significado, es demasiado cauteloso para explayarse y obtener nueva información. Casalmiglia Blancafort & Tusón Valls (1999): también plantean que el discurso es un elemento establecido y que establece el contexto. Wodak (2010) añade que al contexto se le atribuye antecedentes históricos de prácticas discursivas desde la concepción del enfoque denominado “Análisis Crítico del Discurso” (Colorado, 2010). Habermas (1981) hace énfasis en la importancia del desarrollo de teorías que se enfoquen en las desigualdades sociales -en este caso de género- y cómo afectan al contexto.

Las personas involucradas firmaron un consentimiento informado en la cual se permitía hacer uso de la información que se proporcionaba en las sesiones, en las pruebas psicométricas aplicadas y en su expediente clínico. Las pruebas psicológicas que se aplicaron fueron: lista de verificación de síntomas de Hopkins-25 (HSCL-25), Escala de Ansiedad de Hamilton, Escala de estrés post traumático y el Inventario de los síntomas SCL-90. La aplicación de las escalas resulta de la necesidad de cotejar lo narrado por los hombres con los resultados de las pruebas psicométricas. La estrategia para obtener la información cualitativa fue directamente en las sesiones terapéuticas y el registro se realizaba en un cuaderno donde se anotó en tiempo real los acontecimientos más relevantes de las sesiones. A la vez, se estuvo consultando y fortaleciendo su expediente clínico para poder detectar patrones conductuales, indicadores de problemas de salud mental, acudir a los registros psicométricos, cotejar con su historia de vida, etcétera. Para mantener la confidencialidad de las personas se asignó la letra H a cada persona y un numeral consecutivo relacionado con su fecha de ingreso al grupo terapéutico.

3. RESULTADOS

Desde lo individual

Los resultados de la prueba HSCL-25, aplicada a 19 hombres, revelaron que un porcentaje significativo presentó indicios de depresión. Esta evaluación, diseñada para medir síntomas emocionales y físicos asociados con la depresión, mostró que casi la mitad de los participantes (47%) obtuvo puntuaciones superiores al umbral de referencia, lo que sugiere la posibilidad de depresión clínica. Entre los síntomas más frecuentes reportados destacan la tristeza persistente, la falta de energía, la pérdida de interés en actividades cotidianas y la dificultad para concentrarse.

Además, se observó que los participantes que presentaron puntuaciones más altas también reportaron dificultades en su funcionamiento social y laboral, lo que sugiere que la depresión está afectando su calidad de vida y su rendimiento en diversas áreas. Dicha información coteja con lo detectado en las sesiones grupales.

Los resultados de la prueba de ansiedad de Hamilton (HAM-A) mostraron una prevalencia significativa de síntomas ansiosos. De los 19 participantes, el 63% (12 hombres) presentó puntuaciones que indican la presencia de ansiedad clínica, ya sea en forma leve, moderada o grave. Los resultados indicaron que los síntomas más comunes en este grupo fueron la tensión muscular, la preocupación excesiva y la inquietud generalizada. También se reportaron dificultades para relajarse, trastornos del sueño y una sensación persistente de miedo o aprehensión.

La media de puntuaciones en la escala HAM-A fue de 18.3 puntos, lo que sugiere una tendencia hacia la ansiedad moderada en la mayoría de los participantes. En particular, un 26% (5 hombres) presentó puntuaciones elevadas que indicaron ansiedad severa, mientras que el resto (37%) mostró niveles de ansiedad más bajos o mínimos. Estos resultados reflejan la necesidad de considerar la ansiedad como un factor importante en la salud mental de los hombres, especialmente en aquellos que podrían no haber buscado ayuda previamente debido a los estigmas sociales sobre la salud emocional en este grupo.

Los resultados de la evaluación de estrés postraumático (TEPT) revelaron una prevalencia significativa de síntomas asociados con este trastorno. De los participantes, el 68% (13 hombres) presentó puntuaciones que indican la presencia de TEPT clínico, con síntomas como recuerdos intrusivos, pesadillas y evitación de situaciones que recuerdan el trauma. Además, se observó que un 32% (6 hombres) mostró puntuaciones elevadas en la subescala de irritabilidad, sugiriendo dificultades en el manejo de la ira.

En el Inventario de Síntomas SCL-90-R, se obtuvieron los siguientes resultados en las dimensiones de hostilidad, sensibilidad interpersonal, depresión, ansiedad y ansiedad fóbica:

¾    Hostilidad: Se observó una puntuación elevada en esta dimensión, indicando la presencia de pensamientos, sentimientos y acciones característicos de un estado de afecto negativo o enfado.

¾    Sensibilidad interpersonal: Los participantes mostraron puntuaciones que reflejan sentimientos de inferioridad e inadecuación, especialmente al compararse con sus semejantes.

¾    Depresión: Se registraron puntuaciones que sugieren la presencia de síntomas depresivos, como estado de ánimo disfórico, falta de motivación, poca energía vital, sentimientos de desesperanza e ideaciones suicidas.

¾    Ansiedad: Se evidenció la presencia de signos generales de ansiedad, tales como nerviosismo, tensión, ataques de pánico y miedos.

¾    Ansiedad fóbica: Se observaron puntuaciones que indican una respuesta persistente de miedo irracional y desproporcionado en relación con estímulos específicos.

En los estudios de la información proveniente del análisis de datos se encontraron algunos rasgos de salud mental preocupantes:

-        47% de ellos mostraban indicadores de ansiedad y/o depresión;

-        32% de ellos tenían episodios frecuentes donde tenían que manejar ira;

-        47% con problemas de sueño (ya sea para conciliarlo o mantenerlo);

-        89% mantenían un activo consumo de alcohol o drogas;

-        15% admitía haber robado en algún momento de su vida;

-        5% había sido señalado por causar algún daño a alguien o participado en una pelea con cuchillo o alguna arma de fuego;

-        61% reconocían que en su época estudiantil había participado activamente en prácticas de acoso escolar hacia sus compañeros y compañeras;

-        Particularmente es interesante el dato del sesgo de autopercepción. Es decir, sólo el 5% fueron capaces de reconocer que sus conductas son violentas.

Las pruebas psicométricas dan evidencia de que sentir miedo, soledad, tristeza, ternura se reporta como alejado del marco de sentimientos que viven cotidianamente, pudiendo ser porque desde la niñez no se les enseñan a los hombres que pueden las experimentar. Incluso el 89% de ellos manifestaron nunca haber detectado esos sentimientos en su padre o figura paterna. Entonces, cuando se descubren experimentado estos sentimientos y emociones (porque necesariamente los sienten), se perciben que se están alejando de lo que ellos entienden bajo e arquetipo de ser hombre. El 73% de ellos traducía de manera inmediata ese malestar de sentirse con emociones o sentimientos feminizados, en irrupciones de conductas violentas que surgían buscando una negación de un sentimiento o emoción relacionado con lo femenino. Lo que empata con le teoría de Connel (2003), quien afirma que la masculinidad no es la ausencia de lo femenino, sino la negación y contradicción de todo lo asociado con ser mujer.

Algunos más no son conscientes de dicha soledad y lo reflejan en conductas de riesgo. Por ejemplo: “Tuve una semana pesada en el trabajo, pero hay que entrarle con ganas, todo sea para que al final del día nos tomemos unas cervezas bien frías” (H8), “no sé qué me pasa, pero apenas destapo una cerveza y ya puedo comenzar a hablar de mis emociones” (H1), “al barrio –amigos- hay que serle leal, si tocan trancazos, pues les entramos” (H18). Las frases socialmente clásicas de que todos los hombres son violentos o que la violencia es parte de la naturaleza de los hombres no les permiten comprender que es lo que sucede al interior de su personalidad.

Desde lo relacional

Los hombres que se involucraban en actos de violencia no lo hacían necesariamente por una baja capacidad de manejo de la irá y la impulsividad. El estudio reflejó que el sentimiento de pertenencia y el reconocimiento de sus pares impulsan a la realización y mantenimiento de conductas que lastiman o tienen la potencia de lesionar a sus parejas – tanto en lo físico como en la esfera psicológica. El no hacer las acciones que esperaban sus pares que realizaran era percibido por ellos como un suicidio social. Esto fue expresado por la totalidad de participantes. Particularmente destacan frases como “mi familia comienza a cuestionarme si sigo siendo hombre, me dicen que si ya me voy a poner el mandil y cocinar” (H6), “me dicen que ya no me van a invitar a salir con ellos, porque ya no estoy tomando” (H11), “se ríen de mi porque ya ahora mi mujer me dice que es yo que puedo o no hacer, que mejor le vaya a pedir permiso de todo” (H2).

En lo referente a los ritos de iniciación propios de la adolescencia se encontró que facilitan la mecánica del uso de la violencia. H1 refería que el haber rehuido a una pelea le ha colgado en su comunidad la etiqueta de cobarde. En su discurso se detecta constante la necesidad de ganarse el respeto y el reconocimiento como hombre mediante el ejercicio de la violencia. 16% de ellos cuenta con tatuajes alusivos a alguna pandilla de la cual fueron parte durante la adolescencia. La relación que desarrollan con el uso de la violencia y el quebrante de leyes como parte de los ritos de masculinización, los convierte en perfiles atractivos para formar parte la delincuencia organizada (Gutiérrez et al, 2024).

Los hombres evaluados contaban con amistades en lo deportivo y en lo social, pero no desde lo emocional, o al menos no de manera profunda. Según la narrativa de los hombres, los espacios que cuentan para poder expresarse están relacionado con lugares donde se consume alcohol, ahí se permite llorar, se permite estar triste, abrazar a las personas que se quiere y expresarles afecto, porque hay un justificante. Incluso las expresiones de afecto son aceptadas por sus pares y comunidad si se dan en vías públicas, pero en un contexto donde se esté consumiendo alcohol. Todo esto gracias a un justificante “pedo –borracho- no vale” tal cual lo expresan los hombres del grupo.

H9 comparte en grupo una experiencia frecuente en la población mexicana, donde expone lo vivido a raíz de la muerte de su padre cuando él apenas tenía 9 años. Refiere que al acudir al velorio le invadía una profunda tristeza. Al estar llorando se acercó un tío para decirle que tenía que dejar de llorar, porque ahora él era el hombre de la familia. “Eso me dejó marcado y ejerció mucha presión en mí”. H9 era un niño que debía de ser cuidado, pero socialmente se le determinó que no “debía de perder tiempo llorando y esas cosas, y debía de estar bien para cuidar de mi mamá y mis hermanas porque ahora yo era quien tenía que defenderlas y llevar dinero a la casa”.

Esa presión familiar la mantiene establecida hasta el día de hoy donde mantiene relaciones de poder con las mujeres y una profunda necesidad de controlar el contexto familiar. H9 también expresó que “yo era responsable de mis hermanas y que ningún tipo se les acercara, yo les corría a todos los novios, los amenazaba siempre de que si salían con mis hermanas se la iban a ver conmigo, esto fue hasta que se casaron, ya después de eso pues son responsabilidad de sus esposos”. Lo que el tío le enseño a H9 sobre la vulnerabilidad y cómo esta debe de ser negada genera exigencias socioculturales y familiares que terminan validando solo las emociones que tienen que ver con el poder, el control, el sostén. Pero que también termina vertiéndose en un efecto negativo con sus relaciones con las mujeres. Cuando los hombres no pueden procesar sus propias emociones terminan pasándole a sus parejas afectivas –típicamente mujeres-, la responsabilidad de sus emocionales. Lo que los condena a ser carente de gestionar sus propios afectos y sosteniendo las violencias.

H17 comentó que tras enterarse de la infidelidad de su esposa la amenazo con decirle a sus hijos lo que estaba realizando la madre. H4 comenta que, al momento de la separación de su ex pareja, la amenazo “no te vas a llevar a mi hija, y menos con un violador, si le pasa algo te voy a matar, te voy a destazar” al analizar su discurso se detecta el uso de la violencia como una manera de disciplinar a las mujeres cuando se salen del rol de ser madres abnegadas, ser “buena mujer”. La violencia es estrategia para regresarla a su lugar. La infidelidad de una mujer requiere una amenaza a la vida e incluso a los hijos. En la argumentación de los hombres del grupo existía una cierta justificación porque ella le había sido infiel, que ella con esas conductas había hecho que el hombre se saliera del control. Existe la tendencia de responsabilizar a las mujeres sobre la conducta violenta de los hombres.

“Le hice una llave china –de luchador- le lastimé del cuello y fuimos al hospital porque tenía un esguince cervical. Ahí entendí que no es la misma fuerza la de un hombre que el de una mujer. Por eso hablamos, porque yo no quería que volviera a suceder eso. Así que le dije, mira, ya no lo voy a volver a hacer, pero también tu ayuda y no me hagas bronca” (H4). En la anterior narrativa sale a la luz la justificación de la violencia. La constante de percibir el ejercicio de la violencia como algo esperado y común se mantiene a lo largo de todas las sesiones en la totalidad de las personas evaluadas (Lorette, 2001). Los participantes entienden que el que un hombre no active la violencia depende de la mujer. A pesar de que hay en algunos momentos hay conciencia de la violencia, no hay responsabilidad.

El 54% de los hombres reconocían haber usado en más de una vez, técnicas de sometimiento hacia mujeres que son o fueron sus parejas. Estas prácticas las detectaban como habituales al momento de su relación. El 43% restante reconocía que era raro que sucediera y que cuando acontecían eran la consecuencia del escalamiento en una discusión. 3% manifestaba nunca haber recurrido a la violencia física hacia sus parejas. En el 86% de los casos se presentó la correlación de que venían de familias donde habían atestiguado como niños la violencia que sus padres o figuras paternas ejercían a las madres y por ello decidían no repetir la historia que habían vivido.

Desde lo social

Existe recurrencia de los participantes a volcar la narrativa hacia la situación económica y estructural que está viviendo el país. En su discurso se evidencia la percepción de estar subordinados a la estructura del Estado. Expresan interés en comprender cómo asumir la responsabilidad individual dentro de dichas dinámicas estructurales, lo cual les genera una sensación de temor —aunque no logran identificarla con claridad—, ya que pone en cuestión el imaginario colectivo del varón como proveedor económico. Concretamente, les resultaba problemático aceptar que no poseían el suficiente poder para acceder a un trabajo digno y con una remuneración adecuada, reconociéndose subordinados al contexto social. Frecuentemente, emergen en sus discursos expresiones que evidencian esta percepción de impotencia. Aunado a ello, identificaban emociones consideradas improductivas dentro del arquetipo tradicional de la masculinidad, como la tristeza, dado que, en dicho imaginario, quien está triste no produce.

También se detecta un tema de violencia económica por apegarse a la versión tradicional de la familia. Por ejemplo, el cuestionar a sus parejas sobre la administración del dinero, restringir total o parcialmente las actividades laborales de las mujeres y la dependencia económico suele ser una estrategia que usaban como herramienta cuando sus parejas verbalizaban querer terminar con su vínculo afectivo. H2 verbaliza en relación a una discusión que tuvo con su esposa que “si quiere irse, pues que se vaya, pero que se lleve nada más los calzones que trae puestos, porque todo lo demás lo pagué yo”.   “Yo creo que todos los hombres que proveen un 80% de los ingresos de la casa, somos fijados en ese aspecto, porque no digo que a la mujer no le cueste, pero no aporta a la pareja, ahí es cuando dices: ah chingado, pues si yo me friego y tú te lo gastas en tarugadas, pues entonces le daba menos o le cuestiono” (H5). “Yo no le di permiso de trabajar a mi mujer porque iba a descuidar a los niños, la casa y a mi” (H11).

No existe una valorización del trabajo de cuidado realizado por sus parejas. Más aún, ni siquiera lo reconocen como trabajo, ya que hacerlo implicaría comprender como legítima la demanda de sus parejas de que ejerzan una paternidad responsable. H15 manifiesta “en cuanto llego del trabajo, mi esposa me quiere dar a mi hijo para que ella pueda descansar, pero pues y vengo cansado del trabajo; además, para eso me case con una mujer que se dedicara al hogar, además, hasta le traje a sus hermanas unas semanas a la casa para que la ayudaran”.

De forma colateral se reporta que hay escasa oferta para la atención de hombres en dinámicas violentas. El 75% de los hombres que acudían a terapia grupal reportaba tener que trasladarse largas distancias debido a que no había espacios públicos o económicos para la atención de sus conductas violentas.

Desde lo comunitario:

Los hombres coinciden que aprendieron de sexualidad viendo pornografía, lo que es alarmante porque son imágenes irreales, violentas, que cosifican y objetivizan a las mujeres. Los hombres tienden a querer emular estas escenas con sus parejas y resulta un constante conflicto con sus parejas. No se detecta una narrativa que sea capaz de reconocer que estas emulaciones suelen ser sumamente violentas hacia las mujeres. Es una industria que valdría la pena cuestionar más en futuras investigaciones.

También los resultados obtenidos revelan importantes aspectos que generan alarma, como la influencia del modelo de hombría asociadas al narcotráfico (o la facilidad de los modelos masculinos adoptados para caer en el narcotráfico), el rol de la violencia, la coerción o los riesgos.  Los participantes que crecieron como adolescentes expuestos al narcotráfico en áreas rurales tenían una mayor tendencia a adoptar roles de género estereotipados y comportamientos violentos como una forma de afirmar su hombría (Gutiérrez et al, 2024).

La presencia de la violencia dentro del narcotráfico ha reafirmado entornos de masculinidades sumamente dañinas. El poder que despliegan los grupos del narcotráfico es percibido como una manera de demostrar reconocimiento dentro de la comunidad delictiva. Esta percepción influye en el proceso de la construcción de la hombría, quienes se atreven a involucrase en actos violentos para ser aceptados socialmente durante el periodo de su adolescencia, frecuentemente son reclutados por las células delictivas.

Los altos niveles de delitos de alto impacto que se encuentra enfrentando México normalizar la violencia dentro de la comunidad, desensibilizando a la población y a optar como una forma de legitimización para resolver problemas o conflictos. H1 refiere “cuando golpearon a mi primo todos sabíamos quien había sido, así que hablamos con el que manda en el barrio para que los pusiera en paz”, “Yo por eso se con quién juntarme y con quien quedar bien, al final del día aquí no manda la policía, y yo sé que con un par de llamadas se desatora el pedo -problema- “.

La participación de estos actos violentos relacionados al crimen organizado, el narcotráfico o la venta de sustancias ilícitas ha conllevado a los hombres a riesgos significativos. Estos riesgos incluidos los enfrentamientos armados de la zona, represalias de grupos delictivos rivales, desaparición de personas, lesiones o hasta la perdida de la vida de sus seres queridos. “Es que así se van muchos, por eso es bueno vivir la vida intensamente porque no se sabe cuándo se va a morir” (H10)

Los procesos de construcción individual en lo relativo a las conductas violentas son mediados por distintos factores, como lo son la familia, la educación, la seguridad, la economía, así como otros contextos sociales.  Con lo que se reafirma el modelo ecológico de la violencia.

La relación entre los resultados y el ejercicio de la violencia

Las personas evaluadas evidenciaron que, si se busca ser considerado y reconocido como hombre —desde una esfera tradicional—, necesitan mantener una serie de conductas de manera vital. Ser hombre, bajo el arquetipo hegemónico, no se demuestra de una sola vez y para toda la vida, sino que, a diario, se le presentan pruebas con las cuales tiene que demostrar que efectivamente se es. Una parte importante de los ritos sociales reportados durante la investigación se encuentra relacionada con el uso de la fuerza, el poder, la protección; logros que, al obtenerlos, pueden ser cambiados, a manera de vales, por reconocimiento por parte de uno o diversos grupos de hombres ya validados y reconocidos socialmente como varones.

Asimismo, las experiencias de los hombres del grupo reflejan una necesidad de demostrar día a día lo que se desea ser. Es una lucha constante que tiene como fin evidenciar que no se es débil, cobarde, que no se es homosexual, que no se establece contacto físico ni emocional cercano con otros varones, que no se es femenino, etc. Estos rituales sociales comportamentales tienen como común denominador el uso de la violencia: hacia otros varones, hacia mujeres, hacia los animales e incluso hacia ellos mismos.

Estos ritos occidentales, se encuentran íntimamente relacionados con el uso y demostración del poder, más no un poder ejercido democráticamente, sino que se ejerce de forma violenta, y es que, para poder demostrar que un individuo se encuentra desarrollándose dentro de este modelo masculino, es necesario, por no decir obligatorio, el ejercicio del poder en una línea vertical, donde los hombres se encuentras en la punta superior y ejercen su lugar de forma violenta.

4. DISCUSIÓN

Desde lo individual, los hallazgos sobre depresión, ansiedad y estrés postraumático evidencian una preocupante incidencia de estos trastornos en la muestra analizada. De acuerdo con Beck y Alford (2009), la depresión no solo impacta la salud emocional de los individuos, sino que también repercute en su desempeño social y laboral. La presencia de ansiedad en el 63% de los participantes coincide con estudios previos que destacan la relación entre la ansiedad y la presión de los roles de género tradicionales (Connell & Messerschmidt, 2005).

Los datos revelan que el 89% de los participantes mantiene un consumo activo de alcohol o drogas, lo que puede estar relacionado con la necesidad de gestionar emocionalmente la ansiedad, la depresión y el TEPT. Esta tendencia se alinea con lo planteado por Organización Mundial de la Salud (2002), quienes afirman que el uso y abuso de sustancias estimulantes es un factor de riesgo para la violencia. Por otro lado, la dificultad para reconocer emociones como el miedo, la tristeza y la soledad se relaciona con el modelo de masculinidad hegemónica descrito por Connell (2003), donde la negación de lo femenino refuerza la agresividad como estrategia compensatoria.

Desde lo relacional, la presión social para cumplir con estereotipos de masculinidad se refleja en la forma en que los hombres interactúan con sus pares y parejas. En línea con lo argumentado por Bourgois (2003), la necesidad de validación dentro de un grupo masculino lleva a muchos hombres a reproducir conductas violentas para evitar el rechazo social. Asimismo, la socialización de la violencia como un medio de resolución de conflictos está presente en los testimonios de los participantes, lo que coincide con los hallazgos de Jewkes et al. (2015) sobre la normalización de la violencia dentro de contextos de hipermasculinidad.

Un punto crítico es la relación entre la violencia y la estructura de poder dentro de las relaciones de pareja. La violencia de género se justifica en algunos casos como una forma de disciplina cuando la mujer no cumple con el rol asignado de "buena mujer" o "madre abnegada". Esto está en consonancia con lo expuesto por Bourdieu (2000) sobre la dominación masculina y cómo se perpetúa en las estructuras sociales.

Desde lo social, los participantes expresaron preocupación por la situación económica del país y cómo esta afecta su rol como proveedores, lo que refuerza el imperativo tradicional de la masculinidad. Según Messerschmidt & Tomsen (2018), la imposibilidad de desempeñar estos mandatos puede crear frustración y derivar en actos de violencia como una forma de reafirmación masculina. Además, la restricción económica como estrategia de control sobre la pareja se encuentra documentada en estudios sobre violencia económica y de género (Grzywacz & Marks, 2000).

La precariedad de espacios de atención para hombres con conductas violentas es otro hallazgo relevante. La literatura sugiere que los programas de reeducación y atención psicológica para hombres con antecedentes de violencia tienen un impacto positivo en la prevención de reincidencia (Eckhardt et al., 2013). La escasez de estos espacios contribuye a la perpetuación de conductas violentas sin intervenciones efectivas para su modificación.

Desde lo comunitario, la exposición a la pornografía como principal fuente de educación sexual es un factor preocupante, ya que reproducirse estereotipos de dominación y cosificación de las mujeres. Según Bridges et al. (2010), el consumo frecuente de pornografía violenta -que es la mayoría- está relacionado con actitudes misóginas y una mayor tolerancia hacia la violencia sexual.

Otro aspecto alarmante es la influencia del narcotráfico en la cimentación de la masculinidad. Los participantes que crecieron en contextos donde el narcotráfico es una estructura de poder internalizaron la violencia como una forma de ganarse el respeto y la validación social.

Finalmente, los resultados reflejan que la violencia es una práctica legitimada y reforzada en diversos ámbitos de la vida de los participantes. Desde la teoría ecológica de la violencia (Heise, 1998), se reconoce que la conducta violenta no surge de manera aislada, sino que responde a la interacción entre factores individuales, relacionales, sociales y estructurales. Este marco teórico permite comprender cómo los mandatos de masculinidad, la precariedad económica, la socialización de la violencia y la falta de recursos para la atención psicológica contribuyen a la reproducción de patrones violentos.

La dificultad para generalizar las conclusiones a contextos diversos es una limitación principal, ya que las derivaciones son equiparables solo a contextos similares. El uso de un muestreo por conveniencia restringe la representatividad de los resultados, reflejando únicamente las experiencias y percepciones de los participantes seleccionados, lo que no garantiza su aplicabilidad a la totalidad de la sociedad o de otras similares. La elección de los participantes, basada en su accesibilidad y disponibilidad, introduce un sesgo de selección, favoreciendo a aquellos más dispuestos a participar o con mayor cercanía a las investigadoras. Al ser un estudio transversal, la captura de datos en un solo momento impide el análisis de cambios o dinámicas a lo largo del tiempo, dificultando la comprensión de procesos futuros ante la modificación de variables sociales. En la investigación cualitativa, el análisis de datos depende en gran medida de la interpretación de quien investiga, lo que puede introducir sesgos en la codificación y construcción de categorías. Finalmente, la naturaleza cualitativa del estudio y el tipo de muestreo dificultan la replicabilidad de los resultados en otros contextos o momentos, limitando la validez externa del estudio.

5. CONCLUSIONES

Las creencias tradicionales sobre la hombría, que asocian la masculinidad con la fuerza, el dominio y la ausencia de vulnerabilidad, dificultan la adopción de conductas emocionalmente sanas y pacíficas. En el contexto psicoterapéutico, estas expectativas refuerzan la violencia como mecanismo de reafirmación masculina y generan temor al rechazo o la humillación, lo que inhibe la búsqueda de ayuda. Como resultado, los hombres que intentan modificar su comportamiento enfrentan barreras tanto internas como sociales, perpetuando el ciclo de la violencia de género.

Es esencial una reeducación emocional y de género que permita a los hombres reconocer y gestionar sus emociones sin que ello signifique renunciar a su identidad. Se hace necesario crear espacios seguros de expresión y fortalecer programas de intervención temprana que cuestionen los estereotipos tradicionales y las estructuras de poder que legitiman la violencia. Estas acciones deben orientarse hacia la construcción de una masculinidad basada en la empatía, el respeto y el diálogo, ofreciendo alternativas que rompan el ciclo de la violencia de género y favorezcan relaciones más equitativas y saludables.

Como reflexión final, es fundamental reconocer que la transformación de la identidad masculina va más allá del ámbito terapéutico; se trata de un desafío cultural que requiere el compromiso conjunto de la sociedad, las instituciones y los propios hombres. Este cambio de paradigma puede abrir nuevas vías para relaciones interpersonales más saludables y equitativas, contribuyendo a la erradicación de la violencia de género y al bienestar integral de la comunidad.

Conflicto de intereses / Competing interests:

La autora declara que el presente proyecto no representó conflicto de intereses de ninguna parte.

Rol de los autores / Authors Roles:

Sofía Gutiérrez: Conceptualización, validación, curación de datos, investigación, recursos, escritura – borrador original, escritura – revisión y edición, visualización, administración del proyecto.

Aspectos éticos/legales:

La autora declara no haber incurrido en aspectos antiéticos, ni haber omitido aspectos legales en la realización de la investigación.

Fuentes de financiamiento / Funding:

Las fuentes de financiación que dieron lugar a la investigación son de carácter personal y motivación profesional.

Referencias

  1. Addis, M. E., & Cohane, G. H. (2005). Social scientific paradigms of masculinity and their implications for research and practice in men’s mental health. Journal of Clinical Psychology, 61(6), 633–647. https://doi.org/10.1002/jclp.20053
  2. Addis, M. E., & Mahalik, J. R. (2003). Men, masculinity, and the contexts of help seeking. American Psychologist, 58(1), 5–14. https://doi.org/10.1037/0003-066X.58.1.5
  3. Amuchástegui, S. (2007). Sucede que me canso de ser hombre. Colegio de México.
  4. Barrantes, R. (2014). Investigación: un camino al conocimiento, un enfoque cualitativo, cuantitativo y mixto. Editorial EUNED.
  5. Beck, A. T., & Alford, B. A. (2009). Depresión: Causas y tratamiento (2ª ed.). University of Pennsylvania Press.
  6. Benetti, I. C., Vieira, M. L., Crepaldi, M. A., & Schneider, D. R. (2013). Fundamentos de la teoría bioecológica de Urie Bronfenbrenner. Pensando Psicología, 9(16), 89-99. https://doi.org/10.16925/pe.v9i16.620
  7. Bonetti, L. (2020). Violencia y cultura: Una mirada desde América Latina. Editorial Siglo XXI.
  8. Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Editorial Anagrama.
  9. Bourgois, P. (2003). En busca de respeto: Vender crack en El Barrio. Cambridge University Press.
  10. Bridges, A. J., Wosnitzer, R., Scharrer, E., Sun, C., & Liberman, R. (2010). Aggression and sexual behavior in best-selling pornography videos: A content analysis update. Violence against women, 16(10), 1065-1085. DOI: 10.1177/1077801210382866
  11. Buenfil, R. N., Font, F. F., Peixoto, A., & Parada, M. B. (1998). Modernidad y posmodernidad en educación. Sinéctica, (13). https://sinectica.iteso.mx/index.php/SINECTICA/article/view/440
  12. Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (M. Mansour, Trans.). Paidós. (Trabajo originalmente publicado en 1990).
  13. Casalmiglia Blancafort, H., & Tusón Valls, A. (1999). Las cosas del decir. Manual de análisis del discurso. Ariel.
  14. Colorado, C. (2010). Una mirada al análisis crítico del discurso. Entrevista con Ruth Wodak. Discurso & Sociedad, 4(3), 579–596. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3734885
  15. Connell, R. W. (2003). Masculinidades (2ª ed.). University of California Press.
  16. Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Masculinidad hegemónica: Repensando el concepto. Gender & Society, 19(6), 829–859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639
  17. De Beauvoir, S. (1981). El segundo sexo. Siglo XX.
  18. Devalle, S. (2000). Poder y cultura de la violencia. Colegio de México.
  19. Eckhardt, C. I., Murphy, C. M., Whitaker, D. J., Sprunger, J., Dykstra, R., & Woodard, K. (2013). The effectiveness of intervention programs for perpetrators and victims of intimate partner violence. Partner abuse, 4(2), 196-231. https://shorturl.at/lQRCe
  20. Foucault, M. (1977). La historia de la sexualidad I: La voluntad de saber (U. Guiñazú, Trans.). Siglo XXI. (Original publicado en 1976).
  21. Foucault, M. (2007). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (8ª ed., H. Pons, Trans.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975).
  22. Grzywacz, J. G., & Marks, N. F. (2000). Reconceptualizing the work–family interface: An ecological perspective on the correlates of positive and negative spillover between work and family. Journal of occupational health Psychology, 5(1), 111. http://dx.doi.org/10.1037/1076-8998.5.1.111
  23. Pérez, S. G., Rivas, I. S. F., & Lara, O. D. J. (2024). La construcción de la masculinidad hegemónica como facilitador del narcotráfico en adolescentes mexicanos. (En) clave Comahue. Revista Patagónica de Estudios Sociales, 31(30), 99-128. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9893681
  24. Habermas, J. (1981). Historia y crítica de la opinión pública: La transformación estructural de la vida pública. (2° ed.). Editorial Gustavo Gili S.A.
  25. Heise, L. (1998). Violencia contra las mujeres: Un marco ecológico integrado. Violence Against Women, 4(3), 262–290. https://doi.org/10.1177/1077801298004003002
  26. Hernández Gómez, M. A., Fernández Domínguez, M. J., Sánchez Sánchez, N. J., Blanco Ramos, M. Á., Perdiz Álvarez, M. C., & Castro Fernández, P. (2021). Soledad y envejecimiento. Revista Clínica de Medicina de Familia, 14(3), 146-153. https://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S1699-695X2021000300005&script=sci_arttext
  27. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2023, 8 de setiembre). Día mundial para la prevención del suicidio [Comunicado de prensa Núm. 542/23]. https://www.gob.mx/salud/documentos/comunicado-de-prensa-num-419-23-26-de-julio-de-2023-pagina-61-90
  28. Jewkes, R., Flood, M., & Lang, J. (2015). From work with men and boys to changes of social norms and reduction of inequities in gender relations: a conceptual shift in prevention of violence against women and girls. Lancet, 385, 1580-1589. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(14)61683-4
  29. Kimmel, M. S. (2013). Masculinity as homophobia: Fear, shame, and silence in the construction of gender identity. In H. Brod & M. Kaufman (eds.), Toward a new psychology of gender (pp. 223-242). Routledge. https://doi.org/10.4135/9781452243627.n7
  30. Organización Mundial de la Salud. (2002). Informe mundial sobre violencia y salud. Organización Panamericana de la Salud. https://iris.who.int/bitstream/handle/10665/43431/9275324220_spa.pdf
  31. Kupers, T. A. (2005). Toxic masculinity as a barrier to mental health treatment in prison. Journal of Clinical Psychology, 61(6), 713–724. https://doi.org/10.1002/jclp.20105
  32. Lagarde, M. (2005). Los cautiverios de las mujeres: Madresposas, monjas, putas, presas y locas. UNAM.
  33. Mahalik, J. R., Burns, S. M., & Syzdek, M. (2007). Masculinity and perceived normative health behaviors as predictors of men's health behaviors. Social science & medicine, 64(11), 2201-2209.https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2007.02.035
  34. Messerschmidt, J. W., & Tomsen, S. (2018). Masculinities and crime. In W. DeKeseredy & M. Dragiewicz (eds.), Routledge handbook of critical criminology. Routledge. https://shorturl.at/1AJ8J
  35. Monárrez, J. (2009). Trama de una injusticia: Feminicidio en Ciudad Juárez. Editorial Porrúa.
  36. Norcross, J. C., & Wampold, B. E. (2011). Evidence-based therapy relationships: research conclusions and clinical practices. Psychotherapy, 48(1), 98. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21401280/
  37. Kotwal, A. A., Holt-Lunstad, J., Newmark, R. L., Cenzer, I., Smith, A. K., Covinsky, K. E., Escueta, D. P., Lee, J. M., & Perissinotto, C. M. (2021). Social isolation and loneliness among San Francisco Bay Area older adults during the COVID‐19 shelter‐in‐place orders. Journal of the American Geriatrics Society, 69(1), 20-29. https://doi.org/10.1111/jgs.16865
  38. Rochlen, A. B., Whilde, M. R., & Hoyer, W. D. (2005). The Real Men. Real Depression Campaign: Overview, Theoretical Implications, and Research Considerations. Psychology of Men & Masculinity, 6(3), 186-194. https://doi.org/10.1037/1524-9220.6.3.186
  39. Sartre, J.-P. (1992). Being and nothingness: A phenomenological essay on ontology (H. E. Barnes, Trans.). Washington Square Press. (Original work published 1943).
  40. Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
  41. Seidler, Z. E., Dawes, A. J., Rice, S. M., Oliffe, J. L., & Dhillon, H. M. (2016). The role of masculinity in men's help-seeking for depression: a systematic review. Clinical psychology review, 49, 106-118. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27664823/
  42. Vogel, D. L., Heimerdinger-Edwards, S. R., Hammer, J. H., & Hubbard, A. (2011). “Boys don't cry”: Examination of the links between endorsement of masculine norms, self-stigma, and help-seeking attitudes for men from diverse backgrounds. Journal of counseling psychology, 58(3), 368. DOI: 10.1037/a0023688
  43. Wodak, R. (2010). The politics of exclusion: The Haiderisation of Europe. Diskursiver Wandel, 355–373. https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-531-92526-4_17
  44. Wong, Y. J., Ho, M. H. R., Wang, S. Y., & Miller, I. S. (2017). Meta-analyses of the relationship between conformity to masculine norms and mental health-related outcomes. Journal of counseling psychology, 64(1), 80. DOI: 10.1037/cou0000176